Comentario a las lecturas del Domingo II de Pascua (Ciclo B) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)
Domingo, 11 de abril de 2021 - 2º De Pascua (Ciclo B)
El solo hecho de la Resurrección de Jesús, en sí mismo, no había cambiado la realidad de sus discípulos. Escuchar el anuncio de las mujeres, tras encontrar el sepulcro vacío, había provocado un gran revuelo entre ellos. La carrera apresurada de Juan y Pedro, hasta lo que había sido la tumba de Jesús, les mostraban evidencias suficientes para creer y entender las Escrituras, pero les faltaba algo que era tan importante como el mismo hecho de la resurrección: EL ENCUENTRO CON EL RESUCITADO.
Sin el encuentro con Jesús, todo lo acontecido en aquel amanecer, había acontecido siendo todavía oscuro y sin testigos. La resurrección era una realidad, un hecho que todavía no alcanzaba el efecto de su grandeza y plenitud. Nuevamente la oscuridad crecía con el anochecer, y los discípulos eran envueltos por ella a pesar de estar viviendo el día más luminoso y esplendoroso de la historia. Escuchar el anuncio y creer por las evidencias que habían visto, les daba un cierto entendimiento y sentido a las Escrituras, pero que les hacía permanecer encerrados entre las paredes de sus razones y miedos. El anochecer iba dando paso a la noche, nuevamente la oscuridad crecía.
La Luz de la Vida, que sin espectadores había irrumpido en el amanecer oscuro de aquél primer día la semana, ahora, atravesando muros, irrumpe entre los discípulos iluminando y disipando con su presencia la oscuridad de sus dudas, miedos y temores. Por segunda vez la Luz de Cristo ilumina con su presencia los momentos oscuros de aquel día, pero esta vez no para iluminar la oscuridad del amanecer o del crepúsculo, sino el anochecer de los corazones y vidas de los suyos.
El encuentro con Jesús, resucitado y victorioso, es lo que cambia su noche por el día, cambiando sus creencias humanas por la FE. Una FE que no nace de ellos, sino que viene de Dios como dádiva a través del Encuentro, y que a su vez les hace nacer de Dios y, como Cristo, ser hijos vivos y victoriosos sobre sí mismos y el mundo:
“Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; …todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe." (2ª Lectura: 1 Juan 5,1-6)
Jesús no viene a su encuentro para recriminarles nada, sino para ofrecerles el perdón y la justificación delante de Dios. Y lo hace poniéndose en medio de ellos, como signo de que esto que les dice es el centro de todo y en todos: “en esto entró Jesús, se puso en medio, y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. (S Juan 20, 19-31)
Como diciendo: Os ofrezco lo que he conseguido entregando mi vida por vosotros, y porque es mío, ahora os lo puedo dar. Mirad el precio: las marcas de mi cruz. Y para que además de creerlo o tratar de entenderlo, podáis vivirlo, ahí tenéis: “Recibid el Espíritu Santo”.
Años más tarde, san Pablo mostrará la centralidad del evangelio de Jesús, escribiendo a los creyentes de Roma: Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, … porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado… cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. (Romanos 5)
Y es que, no son nuestras formulas, ideas o credulidades lo que necesariamente nos convierten en cristianos, sino la fe que viene de Dios por el encuentro. Es la experiencia con Dios, a veces dura y larga, lo que lleva a persuadir al hombre de todos los tiempos de que Cristo es real, que es el Hijo de Dios, y su Salvador. Es la participación en la vida del Resucitado, a la que somos incorporados por su Espíritu de vida.
Salmo 117,2-4.16ab-18.22-24 “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.”
Que la centralidad y fuerza de esta piedra nos siga sosteniendo.
Joan Palero
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