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domingo, 13 de febrero de 2022

Lecturas dominicales. Evangelio Domingo VI

Comentario del Evangelio del Domingo VI del Tiempo Ordinario (ciclo c) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)
Jesús no solo sintió compasión por los pobres y hambrientos, Él supo en primera persona lo que es ser pobre y tener hambre, y por ello, sabe lo que el hombre realmente necesita. No solo se compadeció de los que lloraban ante el dolor de la muerte, sino que se entristeció y lloró con ellos, y en esa unión y participación divina con el dolor humano, pudo mostrarles la gloria de Dios.
Bendito, dichoso, son dos palabras en común en la liturgia de este domingo. Son palabras sinónimas, significan casi lo mismo: Bienaventurado, contento, feliz.
Sí, Jesús asegura que aun en medio de la pobreza hay abundancia. Esperanza, contra toda desesperanza. Saciedad en medio de todo tipo de hambre. Alegría, aún en medio de lágrimas de tristeza. Vida ante la muerte. Dicha ante todo tipo de desdicha.
San lucas dejó escrito un detalle muy importante y para tener en cuenta:
"Él (Jesús), levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: …"
Nos muestra al Señor centrando su mirada en sus discípulos. Jesús no es ajeno a la realidad que les rodea, y en su amor y compasión no les dirige unas palabritas de ánimo, sino que les da Palabra de Esperanza, Pan de Vida. Se les da así mismo con todo lo que ÉL ES.
Dios no ha podido decirnos ni darnos más. Dando al Hijo nos ha dado su TODO. Ahora, a los discípulos nos toca levantar los ojos, centrar nuestra mirada en Él, poner atención a lo que nos dice, para que en esa escucha haya cruce de miradas y en nuestra pobreza nos veamos enriquecidos, saciados en nuestras hambres, alegres y esperanzados en la tristeza, el dolor o la muerte. Porque si nuestra esperanza en Cristo dependiera de las cosas que nos puedan pasar en este mundo, seríamos los hombres más desgraciados y dignos de lástima.
Sigamos echando raíces, pero en la Palabra de Dios y para dar fruto a su tiempo.




domingo, 2 de enero de 2022

Lectio

 LECTIO DEL EVANGELIO DEL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD (Jn 1, 1-18)

Joan Palero
LECTIO
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
San Juan, al empezar a hablarnos de Jesús en su evangelio, se remonta al Génesis, al principio y origen de todas las cosas y de la humanidad: En el principio creó Dios cielos y tierra. Génesis 1, 1.
Si el relato de la Creación que el Génesis ofrece ya deja claro que Dios lo creó todo por el poder de su Palabra: Dios dijo, y fue hecho. Ahora, el evangelista, revela y recalca que esa Palabra eterna (el Verbo) es Persona divina, el Hijo eterno del eterno Padre: Jesucristo, por quien todo fue hecho y en quien todo subsiste.
MEDITATIO:
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
La vida surgió cuando por la Palabra hubo luz: Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.
De la misma manera, sin la Luz de la Palabra, el mundo y la humanidad se encuentran sumidos en el caos, en confusión y oscuridad.
¡Hay esperanza! El Espíritu que en la creación aleteaba sobre las aguas, nos desea celosamente. Él quiere iluminarnos con la Luz de la Palabra, ponerlo todo en orden y llenarnos de Vida.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Recibir a Jesús es, implica, recibir su Palabra y Espíritu. Como el Bautista, no creerse estrellas con luz propia. Es reconocer que toda luz humana, aunque atraiga, no es sino oscuridad en sí misma. Es surgir de Dios, quién siempre toma la iniciativa, es nacer de Él y ser en Él “Luz de Luz”, facilitando a Dios el camino para que Él pueda hacer surgir la vida.
ORATIO:
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Recibir a Jesús, (Verbo, Luz y Vida) más que solo creer, es participar de su Persona y filiación Divina. Es ser hijo en el Hijo es sumergirse en Dios, ser uno en Él, por la Palabra y el Espíritu.
CONTEMPLATIO/ACTIO
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. …
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
La mejor explicación de la luz, y la más fácil de entender para todos, es cuando la luz es vista. Cuando las palabras se hacen hechos es cuando mejor se entienden.
Dios sigue encarnándose. El que ESTÁ en Cristo es una nueva Creación que no puede esconderse ni dejar de ser vista. (2 Corintios 5, 17) El que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. (S Juan 3, 21)
Puede ser una imagen de texto que dice "NO BRILLES PARA QUE ÃTROS TE VEAN. BRILLA PARA QUE A TRAVES DE TI OTROS PUEDAN VERLO A ÉL C.S. LEWIS CatholicLink"

domingo, 19 de septiembre de 2021

Comentario a las lecturas del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario a las lecturas del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)





Domingo 25º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
San Marcos 9,30-37
Aprovechando el camino, Jesús va instruyendo a sus discípulos. Nuevamente, y por segunda vez, les anuncia que: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.»
Ellos, no entendieron nada de lo que les decía, y, por otro lado, después de haber visto la reprimenda que Jesús le echó a Pedro cuando quiso reconvenirlo en el primer anuncio de su muerte, tenían miedo de preguntarle.
No siempre las cosas nos entran a la primera o a la segunda. Muchas veces necesitamos un toque especial, un chispazo en la mente y el corazón para entender ciertas cosas que se nos escapan. Y en esos momentos, en lugar de preguntar, callamos.
Recuerdo a una maestra de la EGB, como después de cada explicación nos decía: ¿Lo habéis entendido? Si no, ahora es el momento de las preguntas. Más vale parecer tonto cinco minutos, que serlo toda la vida.
A veces, no entender, en realidad significa “no querer enterarse”. Los discípulos de Jesús no entienden al Maestro, ni tampoco le preguntan. Están tan llenos de sí mismos, y ocupados en ver quién de ellos será el primero y más importante, que no quieren enterarse de que Jesús no es el Mesías que ellos en realidad desean.
Jesús sí que les pregunta, a ellos y a cada uno de nosotros: ¿En qué cosas pensáis y os ocupáis mientras caminamos juntos?
Ellos no le contestaron. La pregunta de Jesús les avergonzaba y mostraba la realidad de ellos mismos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. (2ª Lectura: Santiago 3,16–4,3)
¿En qué me ocupo mientras camino con Jesús y mis hermanos? ¿De servirles o de servirme de ellos?
Ante el silencio revelador de los discípulos, Jesús tomó la postura y posición de rabino: se sentó, dispuesto a enseñarles una de las verdades más grandes e importantes de su Reino y su propuesta de vida:
“El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos” (v. 35).
Una propuesta muy difícil para el hombre que por naturaleza vive de acuerdo con su ego, y pegado a sus intereses y comodidades. Y también difícil, porque es mal entendida, incluso resulta molesta a todos aquellos que son, o prefieren vivir de manera superficial.
«Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: … (1ª Lectura: Sabiduría 2,12.17-20)
En ese sacrificio voluntario, y tantas veces mal entendido o interpretado, es donde El Señor sostiene nuestra vida. (Sal 53,3-4.5.6 y 😎 Él, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, supo servir y ser el último y morir por los impíos; (y a manos de ellos) Romanos 5, 6.
No temamos preguntar y responder a Jesús. Temamos ser religiosos y no entenderle.
Joan Palero

domingo, 12 de septiembre de 2021

Comentario de las lecturas del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)


Domingo 24º Tiempo Ordinario (Ciclo 😎
Es verdad que la fe nos viene por el oír (Romanos 10, 17), pero no por oír palabras, sino la Palabra de Dios (Cristo). Cuando Jesús es la causa de nuestra fe, Él mismo produce el efecto de la fe en nosotros: las obras que por Él y en Él nos salvan.
Jesús es más que la Palabra dicha, Él es Palabra que obra.
Con el obrar de sus manos y con la palabra “Effetá” (ábrete), abrió el oído al sordo en el evangelio del pasado domingo. Es el mismo Señor que, en la primera lectura de este domingo (Isaías 50, 5-9ª), despierta y abre el oído para que podamos escucharle como discípulos que, enamorados de su Maestro, le siguen y le obedecen en el amor, sin imposiciones, sin estacionarse ni mirar atrás. Discípulos que, tras en encuentro con Dios, han sido persuadidos y transformados. Que creen, pero no de oídas, sino por lo que han visto, escuchado y palpado en la realidad de sus vidas y de su entorno.
“El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás…”
Cuán importante es que haya sido el Señor, y no otro ni otra cosa, el que nos ha abierto el oído para escuchar la Palabra de su testimonio, y no el testimonio incoherente de lo que dicen y piensan los demás. Cuando Él es el autor y consumador de la fe que nace y se desarrolla a la escucha a Dios, (por encima de la escucha de sí mismo y de las opiniones ajenas), nos lleva a la realidad de que Jesús es el Cristo, el Mesías que nos salva de todo y de nosotros mismos.
Jesús sabe que el oído humano es fuente de las más variadas creencias, y no quiere que sus discípulos crean en cualquier cosa, ni siquiera en Él de oídas, sino de vividas.
“… por el camino, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» (San Marcos 8,27-35)
En el evangelio de san Mateo, tras esta declaración de Pedro, Jesús le afirma que lo que ha confesado no le ha sido revelado por los hombres, sino por el Padre. Dios le ha abierto el oído a Pedro para que reciba esta revelación, pero a pesar de ello, Pedro aun no había aprendido a no escucharse a sí mismo, su confesión de fe eran solo palabras, cosa que el mismo Jesús le recrimina: ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!
¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? (2ª Lectura: Santiago 2,14-18)
Confesar con palabras que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, es algo que los espíritus inmundos también sabían y saben hacer. Es muy común creer en Jesús por lo que otros han dicho, de acuerdo con opiniones ajenas, creer y actuar como hombres.
Ahí es donde llego a la conclusión de que lo importante, porque en realidad es lo que me salva de todo, y hasta de mí mismo, es: ¿Quién es Jesús para mí? Y si digo que es mi Salvador, que lo crea con el corazón y lo diga con la vida, como más tarde lo hizo Pedro y los demás discípulos.
Basta ya creer de oídas, y de vivir como los hombres sin fe más allá de sí mismos.
Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos.
Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza. (Job 42, 5-6)
Joan Palero

sábado, 4 de septiembre de 2021

Comentario a las lecturas del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario a las lecturas del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)




Domingo, 5 de septiembre de 2021 – 23º Tiempo Ordinario (ciclo b
Entre las necesidades del ser humano, se destacan la de escuchar y la de ser escuchados. En la escucha atenta de los oídos y del corazón, nacen y se realizan los diálogos y las relaciones entre las personas.
Necesitamos que nos escuchen, que haya alguien ahí que preste atención a lo que pensamos, a lo que sentimos, a lo que deseamos… Pero en lugar de encontrar satisfacción a esta necesidad, es más fácil chocar con un muro de personas que, tratando de imponer ideas y autoridad, no quieren escuchar nada que no vaya en su línea.
Las personas necesitamos hablar y escuchar, escuchar y hablar, dialogar, pero… ¿quién lo hace?
Este domingo, el Evangelio (San Marcos 7, 31-37) presenta a Jesús (Palabra de Dios encarnada), a la escucha de los hombres: “… le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. …”
El Señor, a través de la escucha, ve la necesidad de aquel hombre sordo mudo, y nunca mejor dicho, se puso manos a la obra: “le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.”
Como Jesús, vivimos rodeados de personas que necesitan atención. Cada una tiene su historia, su opinión, sus argumentos, su juicio y su propia verdad sobre las cosas. En casa, en la calle, en las redes sociales, en cualquier lugar hay gente deseosa y necesitada de encontrar quien le dedique un poco de atención.
Ante esta realidad se pueden hacer dos cosas: 1) Gritar más fuerte, hacer ruido hasta que todos nos escuchen, o, 2) Decidirse primeramente a escuchar.
Escuchar lo que otro tenga que decir, sin prisas, sin juicios, sin importar que lleve o no la razón… porque, a fin de cuentas, todo cuanto diga también nos sirve a nosotros, nos invita a conocerle y conocernos, a discernir … Sirve para prevenir conflictos y malentendidos, para estrechar relaciones. Para apreciar qué hace único al otro, cómo siente, cómo piensa, cómo afronta la vida, porqué es como es…
En todo vale la pena ser como Jesús, también en ser el primero en pararse a escuchar. En la escucha se demuestra que el otro nos importa como persona. Al soltarle la lengua damos valor a su voz, y esta es la mejor manera de abrir el corazón y los oídos a la a escucha de todo el bien al que somos llamados a decir.
Es asombroso, el Señor «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Decide escuchar, y como Jesús, actúa y no calles.
Joan Palero

domingo, 29 de agosto de 2021

Comentario de las lecturas del Domingo XXII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario de las lecturas del Domingo XXII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

Domingo 22º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
Deuteronomio 4,1-2.6-8
Moisés invita a Israel, no a que le escuchen, ni a que se escuchen a sí mismos, sino a ser pueblo que vive a la escucha de Dios. La Palabra que de parte de Dios les dirige es palabra viva que les vivificará: “Así viviréis”; les hará salir de sí y los llevará a entrar y tomar posesión de todo cuanto Dios les promete: “y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.”
Esa Palabra no solo es vida que vivifica al que la escucha, también es palabra eficaz que transforma y santifica. Ella, acompañada del Espíritu de Dios, es la que lleva a término los planes y designios de Dios. Es plena, escueta y concisa, no hay nada que añadirle ni tampoco nada que restarle. Cuando es escuchada y aceptada dócilmente, es plantada en el corazón, y capaz de salvar al hombre y la mujer de todos los tiempos. (Santiago 1,17-18.21b-22.27) Encarnada y viva en el pueblo, será la sabiduría y la inteligencia que sorprenderá y atraerá a todos los pueblos, los cuales dirán: "Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente."
Aunque Moisés es hombre, la palabra que dirige a Israel no es humana, sino Divina. Su poder no es mágico, ni reside en la sabiduría y la inteligencia que ellas mismas encierran, su poder está en que esa Palabra es Dios mismo operando en el hombre: “… y la Palabra era Dios.” (S Juan 1, 1)
Ella ha querido hacerse cercana viniendo a habitar entre la humanidad. Como creación de Dios, nos hace más humanos, pero, además, nos engendra de Él, nos hace hijos suyos y hermanos de toda la humanidad: Dios, “Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas.”
También Salomón, rey de Israel, en el libro de los Proverbios invita a escuchar a Dios y a tener conocimiento de Él a través de su Palabra: "Aplica tu mente a la instrucción (a la Ley y sus preceptos), y tu oído a las palabras de la experiencia (a la tradición de tu pueblo). … (pero) Hijo mío, si tu corazón se hace sabio, se alegrará también mi corazón.” Prov 23, 12.15.
Mucho más allá de los oídos y la mente, Dios quiere penetrar en el hombre y hablarle de Corazón a corazón. Busca entrar y encontrar cabida en la habitación más íntima y vital del ser humano: “el corazón”. Ese espacio donde, dependiendo de qué o de quién lo habite, se fraguan y desarrollan las vidas de las personas.
Jesús no busca una relación impersonal y con límites. Su propósito es el de entrar y quedarse a cenar contigo y conmigo, el de celebrar juntos, y desde la intimidad más íntima, la Fiesta de la Vida con verdadera sabiduría y alegría de corazón.
Algunos, solo le abren la puerta del oído; otros son capaces de abrirle también sus mentes, y le dejan pasar hasta el recibidor, pero sin dejarle pasar a los lugares más recónditos y personales, el corazón de la casa, los lugares que más hablan de nosotros mismos, donde todo se cuece y se cocina, donde uno se alimenta y pasa a ser lo que come. Es la religión humana de las apariencias externas, un culto vacío de Dios Palabra y Espíritu, tejido de palabras y esfuerzos humanos que disfrazan y limpian mi vida exterior, pero no mi realidad. (San Marcos 7,1-8.14-15.21-23)
Dios: “Dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos hallen deleite en mis caminos.” Prov 23, 26
Yo: Hazme entender, Señor, para guardar tu ley y observarla de todo corazón.
Joan Palero





sábado, 28 de agosto de 2021

Comentario de las lecturas del Domingo XXI del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario de las lecturas del Domingo XXI del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

Domingo 21º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
Josué 24,1-2a.15-17.18b: “… escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor. … “
Dios, habiendo creado libres al hombre y a la mujer, los creó para vivir una vida de plenitud: De conocimiento y amor a Dios. Así empieza el Catecismo de la Iglesia Católica, en su prólogo y primer punto: I. La vida del hombre: conocer y amar a Dios.
Jesús ha venido a darnos a conocer a Dios de la manera más clara y profunda que podamos entender, para que, por el conocimiento profundo de Dios mismo, lleguemos a amarle de manera entrañable y profunda. Con un amor tal, que solo puede manifestarse con una vida de gratitud y entrega en un servicio voluntario y libre. Cuando más conocemos a Jesús, más conocemos a Dios y le amamos, cuando más enamorados estamos de Él, más manifestamos su vida: La del amor y el servicio a Dios y a los hombres.
El salmista, en el salmo 33, más que a creer en un Dios invisible y ajeno a nuestras necesidades y problemas, invita a gustar y saborear a Dios, a verlo, a tener una experiencia de Él. Invita a la plenitud de una vida a la escucha de Dios, y, en consecuencia, a una vida de dicha y alegría: “Gustad y ved qué bueno es el Señor… que los humildes lo escuchen y se alegren.”
Las palabras de Jesús son Espíritu y Vida. Una vida que san Pablo resume en la entrega voluntaria a Dios y al “otro”, y que se origina y desarrolla por el amor y en el amor: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. … como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. …” (Efesios 5,21-32)
Un amor que, por venir de Dios, no puede ser entendido sino por el Espíritu de Dios. De ahí que muchos de los discípulos de Jesús, aferrados a los ojos y la mentalidad de la carne, no pueden ni quieren ver, y no ven en Jesús “al Dios Amor” que se hace carne para ser comido, gustado, visto, sentido, y, sobre todo: VIVIDO.
A los que están acostumbrados a vivir aferrados a sí, Jesús les pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?» A lo que Pedro, portavoz de la comunidad de discípulos, responde:
«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos Y SABEMOS (tenemos ya el sabor de) que tú eres el Santo consagrado por Dios.» (S Juan 6, 60-69)
El sabor a Dios está en saberse amado y saber amar, Él nos amó primero. El sabor del amor está en el servir. Jesús no ha venido a ser servido, sino a servir y entregarse por los demás. Algo que puede parecer escandaloso a nuestros oídos, y que muchas veces al escucharlo en el evangelio puede echarnos para atrás, pero en realidad, es algo sin lo cual no podemos participar plenamente de la vida gozosa de Jesús.
Elije hoy lo que mejor te parezca, yo (con toda mi fragilidad) elijo la plenitud en Jesús ante la mediocridad del mundo.
Joan Palero
Puede ser una imagen de texto que dice "Puedes intentar servir a Dios sin amarle, pero no puedes amar a Dios sin servirle"

lunes, 16 de agosto de 2021

Comentario de las lecturas de la Solemnidad de la Asunción de María (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario de las lecturas de la Solemnidad de la Asunción de María (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

Asunción de la Virgen María
María no escucha por escuchar. Escucha con atención y provecho la Palabra que Dios le habla, guardándola y meditándola en su corazón:
Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. (Salmo 44)
Por eso es, que, el Espíritu la mueve y pone en camino, convirtiéndola en Mujer en salida, al encuentro y servicio del otro:
“María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, …” (San Lucas 1,39-56)
La Palabra y el Espíritu que la transportan, llenará de alegría y movimiento a Juan, aún en las entrañas de su madre. La fe confirmada de Isabel, ante el cumplimiento de la Palabra de Dios en su prima María, la llena del Espíritu de Dios. Una llenura que solo puede ser expresada a gritos, en una vida de admiración y alegría que se torna en alabanza a lo santo y de adoración a Dios:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
Isabel, en María, anticipadamente contempla el principio de la nueva creación de Dios. Ve al Creador, al que del barro creó a la humanidad, hacerse barro en el seno de su prima, para devolver posteriormente a toda la humanidad, la vida y la dignidad perdidas por el pecado.
“Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.” (1 Corintios 15,20-27a)
Ella es muestra de que Dios no ha desechado nuestra carne, muerta por el pecado. Sino que, mirando nuestra bajeza, a través de su encarnación en el seno de María, ha querido revestirnos de gloria e inmortalidad. Esto es lo que, de otra manera, venía a decir el Arca de la Alianza. Un cajón de madera de acacia, pero revestido de oro puro, y con argollas y varales ser transportado y andar camino.
La grandeza de María es que ella, en cuerpo y alma: «Proclama la grandeza del Señor, y su espíritu “se alegra en Dios, su salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”. Ella no se siente grande en ella misma, sabe que su grandeza está en Dios.
San Agustín dice: «Antes de concebir al Señor en su cuerpo, ya lo había concebido en su alma». Benedicto XVI: María es “feliz” porque se ha convertido —totalmente, con cuerpo y alma, y para siempre— en la morada del Señor. Si esto es verdad, María no sólo nos invita a la admiración, a la veneración; además, nos guía, nos señala el camino de la vida, nos muestra cómo podemos llegar a ser felices, a encontrar el camino de la felicidad.
Así que, ¡“Feliz día de la Asunción de nuestra Madre”!
Joan Palero




domingo, 8 de agosto de 2021

Comentario a las lecturas del Domingo XIX del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 

Domingo, 8 de agosto de 2021 – 19º Tiempo Ordinario (Ciclo 😎
Elías acaba de tener fuertes experiencias con Dios (1 Reyes 18). Por su oración, Yahvé ha hecho descender fuego del cielo, demostrando que Él es el único Dios. Ha puesto en manos del profeta a los 450 profetas de Baal, a los que ha exterminado. Después, por la fe de Elías, Dios ha hecho llover sin que el cielo mostrara más señal que “una nubecilla como la palma de la mano”.
Sin embargo, ahora, el profeta está asustado, tumbado y fuertemente deprimido ante las amenazas de muerte pronunciadas por una mujer, Jezabel, a tal punto que se desea la muerte: “… se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» (1 Reyes 19,4-8)
Qué fácil es desviar la mirada de Dios, el que es nuestro gozo y fortaleza, y acobardarse, dejar de ser el que has de ser, por escucharte a ti mismo.
¿Dónde quedó la manifestación del poder de Dios en la vida del profeta? Todo dependía de la mirada de Elías. “Hay que aprender a mirar”, decía recientemente el cardenal Omella, “Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. …”
La vida interior no depende de las experiencias religiosas vividas, sino del día a día con Dios. Él es la Vida, y a la vez, el alimento que la mantiene. “Yo soy el pan de la vida” asegura Jesús.
Un ángel se encargará de despertar al profeta, y de que nuevamente aprenda a mirar:
“De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» MIRÓ Elías, Y VIÓ a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua.
Pero ser tocados para Mirar y Ver no es suficiente, será necesario ser tocados una y otra vez, volver a oír y comer nuevamente para así poder levantarse y ponerse en camino: “… el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.»
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
En el Evangelio, después de haber visto las señales que Jesús hacía, la gente no veía en Jesús más que a un hombre: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (San Juan 6,41-51)
Esa es la causa del problema, cuando como hombres dejamos de mirar hacia arriba, hacia Dios, y solo nos vemos unos a otros, alimentando nuestros pensamientos, deseos y pasiones con nuestras limitaciones. Ahí radican “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad.” Mientras el profeta tenía puesta su mirada y su corazón en Dios, Dios cambiaba sus circunstancias, Elías prevalecía, siendo librado de todas sus angustias y amarguras. En cambio, dejando de mirar a Dios y mirándose a sí mismo y a las fuerzas humanas, las sufría.
Con la afirmación: «Yo soy el pan bajado del cielo», Jesús toca e invita al hombre y a la mujer de todos los tiempos a mirar al Cielo, hacia arriba, a Dios, y a contemplar que ese único Dios ha descendido hasta nosotros, no solo para ser nuestra Vida, sino también el alimento y la fuerza para un nuevo y glorioso caminar.
Una y otra vez en la Biblia encontramos esta frase: “Alza tus ojos.” Es una forma de decir: “Mira a lo alto, deja de mirarte y ver nada que no sea desde esa perspectiva.” Esto es lo que le dijo Dios a Abraham, a Moisés, y lo que Jesús dijo y dice a quienes le siguen: Yo soy el Camino, el Pan que a diario te dará fuerzas para caminar. Yo soy el Agua de vida, la Palabra que has de escuchar y beber, la que por el Espíritu te hará subir mirando siempre hacia arriba.
“Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. …” es lo que también viene a decir el salmista:
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. (Salmo 33)
Contemplar otras cosas es entristecer a Dios y entristecernos. Es perder la fe y la esperanza, caer presos de las angustias más amargas.
Hay una antigua anécdota que dice: “Dos hombres miraron hacia afuera desde las rejas de la prisión. Uno vio barro, el otro vio estrellas.” En otras palabras, donde un preso miró hacia abajo con desesperanza, el otro miró hacia el cielo con esperanza.
Te deseo la mejor de las miradas: ¡“Mirar y ver siempre a Jesús en la cabecera de tu vida”! Seguro que nos encontramos en el Camino.
Joan Palero

domingo, 1 de agosto de 2021

Comentario a las lecturas del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario a las lecturas del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

Domingo, 1 de agosto de 2021 – 18º Tiempo Ordinario (Ciclo b)
Éxodo 16,2-4.12-15; Salmo 77; Efesios 4,17.20-24; San Juan 6,24-35.
A través de Moisés, Dios invitó a su pueblo a ser un pueblo libre y en salida. Dar el paso y salir de Egipto no significaba entrar de lleno en la tierra que Dios les había prometido, ante sus ojos solo aparecía un desierto que atravesar, lleno de pruebas y necesidades.
¡Cuántos desiertos hay que cruzar en la vida!
Atravesar un desierto también puede ser sufrir –una crisis nacional, eclesial, familiar, o personal– y también podemos pensar que se trata de algo que no debería suceder, y por lo tanto, que no debemos aceptar. Sin embargo, el peregrinaje de Israel, después de su liberación de Egipto, nos recuerda que los desiertos no son solo cuestiones del destino, temporadas de “mala suerte”, o artimañas del enemigo. Dios usa el desierto como lugar de encuentro y transformación del hombre para su propio bien.
Habiendo salido con esperanza, ahora Israel caminaba con hambre, fatiga, y frustración, sin ver ni una señal de aquella tierra prometida, de la que se les decía que fluía leche y miel.
¿Se había equivocado Dios? ¿Acaso su plan era sacarlos de Egipto para luego matarlos en el desierto? ¡No! El desierto no fue un accidente, ni un descuido de Dios para con Israel. En el desierto, con la ausencia de recursos, se descubriría y saldría a la luz lo que en realidad había en el corazón de Israel, y cuál era su nivel de compromiso con Dios.
“Dios, sacando a su pueblo de Egipto, había realizado la primera parte de su plan; ahora necesitaba sacar al Egipto que había dentro del corazón de su pueblo”.
La mayor necesidad que tiene el hombre en esta vida es la de una relación íntima con Dios. Y esto solo es posible a través del desierto: un proceso largo y doloroso que va en contra de nuestra cultura y naturaleza. El relato de la creación, en Génesis, nos enseña que la vida en el desierto no es el plan de Dios para la humanidad. Él creó a Adán y a Eva, y los puso en el JARDÍN del Edén, un lugar maravilloso que en nada se parecía a un lugar desértico de sequía. El pecado del hombre y de la mujer introdujo la muerte, y la muerte se extendió a todos, porque todos pecaron” (Ro. 5:12). Ahora Dios, como Padre amoroso, busca que en nuestros desiertos volvamos nuestros corazones hacia Él, la Vida. Y eso fue lo que hizo con Israel en aquella travesía: escudriñar su corazón y disciplinarlo, como un padre ama a su hijo. Así que Dios llevó a Israel al desierto de manera intencional por un tiempo. Todo era parte de su plan. “Él te humilló [en el desierto], y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que tú no conocías… para hacerte entender que el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor” (Dt. 8:3).
No importa si tu desierto se llama desempleo, silencio, enfermedad, o ..., lo que es seguro es que es un lugar de transformación. Al salir de allí, tú serás una mejor o peor persona. Quizá salgas de él siendo alguien más maduro en el Señor, y más sensible a su voz… o posiblemente alguien más amargado, cínico, y desesperanzado. ¡Pero jamás saldrás igual!
Así que la pregunta es: ¿cómo salir victoriosos de los desiertos, entendiendo la forma en que Dios puede usarlos? La respuesta está en la provisión de Dios para nosotros. Nuestro pan en el desierto.
Para Israel, la provisión de Dios fue el maná, una sustancia desconocida y extraña que aún muchos hoy quisieran entender. Se sugiere que el nombre que el pueblo le dio a este alimento viene de la expresión hebrea “man hu”, que quiere decir “¿qué es esto?” (Éx. 16:15).
Israel buscaba alimento físico, pero Dios quería una relación con ellos (Dt. 8:3). Por eso la provisión del maná era diaria, no semanal ni mensual. El Señor quería enseñarle a su pueblo —y a nosotros hoy— que más allá del alimento físico, la mayor necesidad que tiene el hombre en esta vida y en medio de los desiertos es una relación íntima con Él y en dependencia de Él.
El desierto es una buena oportunidad para profundizar en nuestra relación y comunión con Cristo.
En el desierto, donde toda fuente de seguridad y estabilidad desaparece, se hace evidente que necesitamos al Señor. Debemos conocer que Él es nuestro Dios. Por eso es importante recordar que muchísimos de los que salieron de Egipto murieron en el desierto, pero no debido al hambre ni por la dureza de la prueba, sino porque no creyeron en la Palabra de Dios (Nm. 32:13).
Ahora, cuando leemos el relato del Éxodo, particularmente en la provisión del maná, vemos que Moisés le declaró al pueblo: “Por la mañana verán la gloria del Señor…” (Éx. 16:7). ¡Al ver el maná, ellos verían la gloria de Dios! De manera que el maná apuntaba a Dios. Y como el mismo Jesús reveló más adelante, apuntaba a Él mismo:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca volverá a tener hambre; el que cree en mí no tendrá sed jamás. Pero ustedes no han creído en mí, a pesar de que me han visto”, Juan 6:35-36.
Cuando camines por el desierto y te sientas al borde del colapso o la muerte, serás tentado a demandar señales de Dios para comprobar si existe y si no te ha olvidado. Serás tentado a murmurar contra Él y olvidar las maravillas que ha hecho en el pasado (Jn. 6:30). Pero Dios nos llama a quitar de nuestras vidas la murmuración y el deseo de ver más señales milagrosas, para que podamos enfocar la mirada en la persona a quien apunta el maná: Jesús el Cristo.
Es posible que en tu mente sepas que Jesús es el Pan de Vida, pero en la vida cristiana saber las cosas correctas acerca de Dios no es suficiente. La vida cristiana se trata más bien de conocerlo de manera personal y real. El desierto es una buena oportunidad para profundizar en nuestra relación y comunión con Cristo, pues Él es la verdadera y más grande provisión de Dios para sus hijos en medio del desierto. Solamente mira a Jesús y confía en Él.
¿Dispuestos a atravesar el desierto, por el camino que marca Jesús y su Iglesia, sin murmuraciones y sin echar la vista atrás? Salgamos a Él.
Joan Palero
Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice "ES MEJOR UN DESIERTO Cerca de Dios QUE TODO UN PARAÍSO LEJOS DE ÉL"
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