viernes, 12 de junio de 2026
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Sagrada Familia - ----- miércoles
miércoles, 10 de junio de 2026
martes, 9 de junio de 2026
Homilía catedral Barcelona
[Queridos hermanos y hermanas:
Con gran alegría inicio mi visita rezando la Hora sexta en esta Catedral junto a vosotros.]
El Concilio Vaticano II define el Oficio divino como «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo» (Sacrosanctum Concilium, 84) y «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (ibíd.). También la Lectura que hemos escuchado subraya que todos «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo» (1 Co 12,13). Podemos entonces dejarnos ayudar, en nuestra reflexión, precisamente por estas dos imágenes: la Esposa y el Cuerpo.
La primera nos recuerda que la Iglesia, y en particular esta asamblea, rica de dones y carismas y de la variedad de las historias de cada uno, es ante todo una Esposa amada. Dios os ha querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas. Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la «comunidad de los santos» (cf. 1 Co 1,2) que está en Barcelona. Y es con esta conciencia que os invito a renovar, concordes, el propósito de caminar juntos, todos, fieles y Pastores, tras las huellas de Cristo, hacia la plenitud de la vida. La Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque sólo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor.
A este respecto, el Papa Francisco, no hace muchos años, recomendaba a esta Comunidad diocesana iniciar «desde el encuentro con Cristo» para crecer «en fraternidad, en el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio» (Videomensaje con motivo de la inauguración de la torre de la Virgen María de la basílica de la Sagrada Familia, 8 diciembre 2021), y, un año después, repetía a los seminaristas de esta misma Archidiócesis, peregrinos en Roma: «No dejen nunca de gustar y rememorar este amor de predilección que se derrama y se derramará abundantemente en su corazón […]. No apaguen nunca ese fuego que los hará intrépidos predicadores del Evangelio» (Discurso a la comunidad del Seminario de Barcelona, 10 diciembre 2022).
Sus palabras indican el clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes, en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, en los ambientes de la Curia y en cualquier otro ámbito de vida: un clima de familia, en el que se vive juntos, conscientes de la filiación y de la llamada común, solidarios, abiertos, capaces de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón.
Estimats amics, Barcelona, en aquest sentit, té una gran tradició d'Església. Ho recordava sant Joan Pau II quan, en la seva visita aquí, lloava «l'ànim acollidor que al llarg de la història ha dut als barcelonins i catalans, a tots vosaltres, a compartir la ciutadania humana i cristiana amb moltíssima gent» (Àngelus, Barcelona, 7 novembre 1982), i us animava a «proclamar davant l'Església que aquesta ciutat i aquesta regió són un lloc ampli i obert a la fraternitat cristiana» (ibíd.).
Amb les seves paraules trobem rostres de tants germans i germanes que entre vosaltres s'han entregat i s'entreguen per construir harmonia i comunió, més enllà de tota polarització. I també avui hi trobem confirmació en la vitalitat de tantes obres d'anunci, de formació i de caritat de les quals tots vosaltres sou animadors i protagonistes
[Queridos amigos: Barcelona, en esto, tiene una gran tradición de Iglesia. Lo recordaba san Juan Pablo II cuando, en su visita aquí, alababa el «ánimo acogedor que a lo largo de la historia ha llevado a barceloneses y catalanes, a vosotros, a compartir ciudadanía humana y cristiana con innumerables gentes» (Ángelus, Barcelona, 7 noviembre 1982), y os animaba a «proclamar ante la Iglesia que esta ciudad y esta región son un hogar amplio y abierto a la fraternidad cristiana» (ibíd.).
En sus palabras encuentran un lugar los rostros de tantos hermanos y hermanas que entre vosotros se han entregado y se entregan para construir armonía y comunión, más allá de toda polarización. Y también hoy ellas se ven confirmadas en la vitalidad de las numerosas obras de anuncio, de formación y de caridad de las que todos vosotros sois animadores y protagonistas.]
Esto nos lleva a la segunda imagen en la que queremos detenernos: la del cuerpo, objeto inmediato de la lectura que hemos escuchado (cf.1 Co 12,12-13). Si Cristo es el Esposo que nos amó primero, Él es también la Cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo, unos al servicio de otros, «hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9), todos animados por la acción del mismo Espíritu, todos llamados a la misma santidad. También esto es importante, porque nos recuerda que para nosotros trabajar juntos no es una elección de «estilo», sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia concedida a cada uno «según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7), y a la que correspondemos poniendo en juego los carismas recibidos en el respeto de los ministerios confiados. Es el Espíritu quien, como partes de una única estructura viva, nos impulsa no sólo a entregarnos sin reservas allí donde la Providencia nos llama, sino a hacerlo según los designios de Dios, en la obediencia y en la confianza.
Como en un cuerpo, también entre nosotros hay miembros más fuertes y otros más débiles, algunos visibles, que desempeñan funciones evidentes hacia el exterior, otros escondidos, que actúan desde dentro, en algunos casos sin detenerse nunca y cumpliendo funciones vitales, sin que nadie siquiera se dé cuenta.
Son muchas las imágenes con las que podríamos ilustrar la variedad y la importancia de los roles y de las misiones que encontramos entre nosotros, pero el mensaje es siempre el mismo: en la riqueza de los dones recibidos, somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu, el Espíritu de Cristo, que es Espíritu de comunión para la salvación de todos (cf. Ef 4,4). Por tanto, es importante, para cada uno de nosotros, no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día.
Barcelona és anomenada «Cap i Casal de Catalunya». Això dóna a aquesta comunitat, i a tots vosaltres, barcelonins i catalans, una vocació i una responsabilitat especial per convertir-vos, amb l'ajuda de Déu, en constructors d'unitat.
Ara venerarem les restes de santa Eulàlia copatrona d'aquesta Catedral, d'aquesta Arxidiòcesi i d'aquesta Ciutat.
[Barcelona es llamada «Cap i Casal de Catalunya». Lo que da a esta comunidad, a todos vosotros, barceloneses y catalanes, una vocación y una responsabilidad especial de convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad.
Dentro de poco veneraremos los restos de santa Eulalia, copatrona de esta Catedral, de esta Archidiócesis y de esta Ciudad.]
San Agustín, hablando de los Mártires, decía: «No nos parezca poca cosa el ser miembros de aquel de quien lo fueron aquellos con quienes no podemos equipararnos […] obedecemos al mismo Señor […], perseguimos la misma caridad y abrazamos la misma unidad» (Sermón 280, 6).
Queridos hermanos y hermanas: con este espíritu es que también nosotros, en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser «mártires», es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias. Como la virgen Eulalia y tantos otros mártires, queremos responder nuestro «sí», dispuestos, en lo que sea necesario, a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre (cf. Mt 16,24-26).
Això ens ensenya el Crucificat, a això ens conviden l'apòstol Pau i els exemples dels sants, això volem fer plegats, segons l'oració de Jesús al Pare, durant el l' Últim Sopar: « Que jo estigui en ells i tu en mi, perquè siguin plenament u. Així el món reconeixerà que tu m'has enviat i que els has estimat a ells com m'has estimat a mi» (Jo 17,23).
Que Maria, Mare de l'Església i Mare de la unitat, ens ajudi a ser fidels a aquest compromís i a aquesta missió. «Mare de Déu de la Mercè, pregueu per nosaltres».
El papa acabó su paso por la catedral en el claustro, y contempló la tradición del "ou com balla" y las 13 ocas
Acto en Montjuic. Martes 9
El valiente y estremecedor testimonio de Desiré, una joven de 20 años de un barrio humilde de Barcelona, frente al papa León XIV que ha sobrecogido Montjuic
lunes, 8 de junio de 2026
El Papa se despide de Madrid agradeciendo su labor a los voluntarios
La gratuidad, signo del Reino de Dios
La levadura del Reino de los cielos
Hay más dicha en dar que en recibir”
Despedida del Papa de los voluntarios
Vatican News
El Papa León XIV ha querido concluir la etapa madrileña de su viaje apostólico a España con un encuentro especialmente significativo: una reunión con los más de 17.000 de voluntarios que han hecho posible la organización de los distintos actos celebrados durante estos días en la capital. Ante ellos, congregados en el pabellón 3 de IFEMA, el recinto ferial madrileño, el Pontífice expresó un profundo agradecimiento por su servicio y destacó que la gratuidad constituye uno de los testimonios más necesarios para el mundo actual. “Os merecéis un ‘gracias’ muy especial, porque habéis ofrecido vuestra presencia y vuestro servicio, y lo habéis hecho por amor al Señor, a la Iglesia y al Papa. ¡Gracias de todo corazón!”, les dijo el Papa.
El Pontífice subrayó el entusiasmo con el que los voluntarios respondieron a la convocatoria de los organizadores, hasta el punto de que en poco tiempo se superaron con creces las necesidades previstas. “En pocos días habéis superado las cifras solicitadas y así las necesidades han quedado ampliamente cubiertas. Os habéis tomado días libres en el trabajo, algunos de vosotros os habéis dedicado a tiempo completo durante meses, pero cada uno ha dado lo que ha podido, entregando corazón, manos, ideas, talentos, sonrisas. ¡Que Dios os recompense como sólo Él sabe hacerlo!”, señaló el Papa. Sus palabras fueron recibidas con una cálida ovación de los voluntarios.
El núcleo de la reflexión del Pontífice giró en torno a una idea que resumió así: “Los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad”.
Tomando como referencia la parábola evangélica sobre el Reino de los Cielos que utiliza la imagen de la levadura – “El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con
tres medidas de harina, hasta que todo fermenta” (Mt 13,33) – el Papa explicó que el servicio desinteresado de los voluntarios constituye “un signo visible” de la presencia del Reino de Dios en medio de la sociedad.
Del mismo modo que ocurrió con los voluntarios del Jubileo celebrado en Roma el año pasado, el Papa consideró que su entrega silenciosa y generosa manifiesta una lógica distinta a la que domina con frecuencia el mundo contemporáneo. “La gratuidad es una levadura que hace crecer la calidad humana, ética y espiritual de una sociedad, porque podríamos decir que es un rasgo típico de la ‘ciudad de Dios’”, resaltó León XIV. Y agregó: “En un mundo continuamente influenciado por la lógica del interés y del lucro, donde el término ‘crecimiento’ se reduce a la dimensión económico-financiera, es necesario pensar y vivir según la lógica más verdadera, es decir, la de un crecimiento humano integral”. El Pontífice también defendió la necesidad de recuperar una visión integral del desarrollo humano inspirada en el Evangelio. “Es la lógica del Evangelio, que dice: ‘Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?’ (Lc 6,33-34)”, apuntó el Papa.
León XIV recordó que Jesucristo vino al mundo para traer la “levadura del Reino de los cielos” a la historia humana y “la mezcló con la masa de nuestra humanidad enferma para sanarla desde dentro, con el agua y la sangre de su sacrificio y con el fuego de su Espíritu Santo”. También señaló que, tras su muerte y resurrección, envió a sus discípulos “para que fueran en el mundo signos e instrumentos de su Reino de amor, justicia y paz”.
Esta misión, explicó, no se realiza únicamente mediante la predicación, sino también a través de una forma concreta de vivir. “Un rasgo esencial de este estilo es la gratuidad que habéis testimoniado estos días aquí en Madrid. ¡Gracias!”, señaló el Papa dirigiéndose a los voluntarios.
El Pontífice destacó que este servicio generoso deja una huella real en la sociedad, aunque no aparezca reflejada en las estadísticas y otros indicadores. “Sabemos que, en estos días, también gracias a vosotros, esta ciudad ha crecido, está más cerca del Reino de Dios”, afirmó. Y subrayó que la raíz de toda obra buena no se encuentra en los méritos humanos, sino en la acción de Dios: “¿Mérito nuestro? ¡No! ¡Todo es gracia suya! Este es el secreto: el amor de Dios, que mueve el sol y los astros, y mueve los corazones de quienes han encontrado al ‘Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”’ “(Hch 20,35).
Antes de despedirse, el Pontífice animó a los voluntarios a continuar por este camino de entrega cotidiana “Con humildad y mansedumbre, sin ninguna presunción, pero firmes en la fe y generosos en el servicio”.
Finalmente, encomendó a todos ellos a la protección de la Virgen María para que sigan siendo “levadura del Reino siempre y en todas partes”, y concluyó con una invitación cargada de afecto: “¡Gracias! ¡Nos vemos en Roma!”.
Homilía del Papa en la Catedral de la ALmudena (Lunes 8 de junio)
8 junio
Vatican news
El Pontífice presidió la oración y homenaje a la Virgen de la Almudena en la catedral madrileña, donde evocó la historia de la patrona de Madrid para invitar a los fieles a reconstruir la esperanza y fortalecer la unidad frente a los desafíos del mundo actual.
Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano
En un clima de profunda devoción mariana, el Papa León XIV presidió este lunes 8 de junio de 2026 por la tarde la oración y homenaje a la Virgen de la Almudena en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, en Madrid. Ante numerosos fieles y autoridades eclesiásticas, en el marco del tercer día de su Viaje Apostólico a España, el Pontífice dirigió un mensaje centrado en la esperanza, la fe y la necesidad de superar las divisiones y temores que afectan a la sociedad contemporánea.
Las palabras del Pontífice fueron precedidas por un canto de bienvenida, un saludo del Cardenal José Cobo Cano, arzobispo de Madrid, la oración y la lectura del Evangelio.
Al inicio de su homilía, el Santo Padre agradeció la acogida de don José y destacó la importancia espiritual de la Virgen de la Almudena para el pueblo madrileño. Recordó que la patrona de Madrid ha acompañado durante siglos la vida de los creyentes y ha sido signo de protección y unidad en momentos difíciles de la historia.
León XIV evocó especialmente el episodio histórico en el que la imagen mariana fue escondida dentro de la muralla de la ciudad para protegerla durante tiempos de persecución religiosa. Según la tradición, la talla permaneció oculta durante años hasta ser hallada intacta tras el derrumbe de un tramo del muro.
"Fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo. Y este hecho es providencial, porque señala el camino que Jesús, a través de su Madre Santísima, nos invita a recorrer", agregó el Papa, quien explicó: "En un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos".
El Pontífice utilizó esta imagen como símbolo para reflexionar sobre los desafíos actuales. "En nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan", afirmó. También acotó que a veces, "al pensar en que derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, preferimos la comodidad de sólo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas".
No obstante, el mensaje de Nuestra Señora de la Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, es otro:
“Para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros, porque para reemprender la ruta son necesarios espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte.”
Por ello, convencidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien, el Obispo de Roma exhortó a todos "a no desfallecer en vuestro testimonio de fe, para contemplar el designio de amor del Padre; de caridad, para uniros como una única familia de hermanos y hermanas; y de esperanza, para sosteneros en vuestra acción en el mundo".
Además, deseó que "con el ejemplo y la intercesión de Santa María la Real de la Almudena, la Virgen del Magníficat que sigue proclamando la grandeza del Señor y exultando en Dios su Salvador, Él custodie y fortalezca vuestro amor a Jesús y a la Iglesia, de modo que podáis ser constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia". Y haciendo suyas algunas palabras del himno dedicado a ella, encomendó a todos al potente auxilio de su maternal amor:
Santa María de la Almudena,
Virgen y Madre del Redentor,
Reina del Cielo, Madre de Amor,
bajo tu manto, Virgen sencilla
buscan tus hijos la protección,
Madre amorosa, Templo de Dios,
ampáranos Señora y ayúdanos a ser
constructores de paz y reconciliación.
Amén.
Posteriormente, el Pontífice depositó la Rosa de Oro y rezó junto a la asamblea antes de impartir la Bendición Apostólica. Para este momento tan especial, se quitó la peana que hay normalmente a los pies de la Virgen, en su camarín, y se instaló una nueva columna con un centro de plata.
La Rosa de Oro es una distinción pontificia de carácter extraordinario que los Papas conceden, de manera excepcional, a determinadas advocaciones marianas como signo de especial veneración y reconocimiento espiritual.
Este honor fue instituido en 1049 por el Papa León IX, antecesor en el nombre del actual Pontífice. En sus primeros siglos, además de otorgarse a imágenes de la Virgen, también era concedido a figuras destacadas por su defensa de la fe católica. Entre ellas estuvo la reina Isabel II, gran devota de la Virgen de la Almudena y donante de uno de sus mantos, quien recibió esta distinción en 1868.
Con la concesión a la Virgen de la Almudena, ya serán cuatro las advocaciones marianas españolas distinguidas con la Rosa de Oro, junto a la Virgen de la Cabeza de Jaén (2009), la Virgen de Montserrat (2023) y la Esperanza Macarena de Sevilla (2024
Homilía del Papa en el Bernabeu (Lunes 8 de junio)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!
Yo supongo que para un jugador de futbol hacer un gol en este estadio es algo que les cambia un poco la vida, pero, Don José, hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre.
Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad.
Agradezco a vuestro Arzobispo, el Cardenal José́ Cobo Cano, por haber introducido la parábola del canto, que muestra cómo los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado.
Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución. Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, pero que también conoce los conflictos, la resignación y, a veces, la desesperación, situaciones en las que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el Evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y el futuro, pero también destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades.
Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento. Es la Evangelii Gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy el amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5,14) —el verbo que utiliza San Pablo significa además “nos cautiva”, “nos mantiene unidos”, “nos posee”— y así nos llama a la responsabilidad de la acción.
Sí, queridos hermanos y hermanas, como algunos de vosotros habéis atestiguado esta tarde, el Bautismo cambia verdaderamente la vida. Nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo y de su vida reciben la savia, como los sarmientos de la vid. En concreto, esto significa que mucho de lo que ya había en nosotros se transforma, porque se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común. No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad. Al respecto, el Nuevo Testamento da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad, es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, según el relato bíblico, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo.
En la encíclica Magnifica Humanitas he propuesto, como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. «Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (Magnifica Humanitas, 10).
Existe, pues, una relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que cobra aún mayor importancia en el cambio de época que estamos viviendo: una relación que, naturalmente, se materializa entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, pero también en las distintas comunidades, asociaciones y entidades barriales. Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora» (Evangelii Gaudium, 73). La claridad sobre este punto ha madurado mucho a lo largo del camino sinodal, lo que nos ha permitido conocernos y escucharnos con mayor profundidad en los contextos en los que la comunidad diocesana vive y se configura. La pregunta que se vuelve más importante es: lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades» (ibíd. 74). Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad.
Por eso es tan importante no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo: de lo contrario, no hay evangelización, y hoy podemos entender esto mejor que en el pasado. En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.
Queridos hermanos, Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud. La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer o a releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio.
¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta. Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión. La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad.
Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio. También ayudará a cada uno y a cada comunidad a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo. En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo.
Las anécdotas que hemos escuchado esta noche nos cuentan, o mejor dicho “nos cantan”, cuánta vida hay en esta Iglesia. Alguno ha dado el siguiente testimonio: “Puedo decir sin dudar que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios, donde todos tenemos un lugar”. Otro ha dicho: “Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones con el resto de los miembros de la Iglesia”. Y aún otros más han relatado: “Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido”. ¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso.
Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la familia que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pero han oído hablar de prejuicios y decepciones. La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa. Muchas gracias.
Discurso del Papa ante las Cortes. Lunes 8 de junio
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,
Señoras y señores:
Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.
En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.
Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.
Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.
Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.
Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.
Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar
La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.
El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.
Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.
Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.
El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.
En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.
También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).
La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.
La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).
En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.
Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.
Señorías:
El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.
En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.
Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).
La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.
Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.
Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.
Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.
De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.
Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.
En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).
Señoras y Señores:
Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.
También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.
Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.
Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.
España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.
Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.
Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.
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