domingo, 8 de agosto de 2021

Comentario a las lecturas del Domingo XIX del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 

Domingo, 8 de agosto de 2021 – 19º Tiempo Ordinario (Ciclo 😎
Elías acaba de tener fuertes experiencias con Dios (1 Reyes 18). Por su oración, Yahvé ha hecho descender fuego del cielo, demostrando que Él es el único Dios. Ha puesto en manos del profeta a los 450 profetas de Baal, a los que ha exterminado. Después, por la fe de Elías, Dios ha hecho llover sin que el cielo mostrara más señal que “una nubecilla como la palma de la mano”.
Sin embargo, ahora, el profeta está asustado, tumbado y fuertemente deprimido ante las amenazas de muerte pronunciadas por una mujer, Jezabel, a tal punto que se desea la muerte: “… se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» (1 Reyes 19,4-8)
Qué fácil es desviar la mirada de Dios, el que es nuestro gozo y fortaleza, y acobardarse, dejar de ser el que has de ser, por escucharte a ti mismo.
¿Dónde quedó la manifestación del poder de Dios en la vida del profeta? Todo dependía de la mirada de Elías. “Hay que aprender a mirar”, decía recientemente el cardenal Omella, “Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. …”
La vida interior no depende de las experiencias religiosas vividas, sino del día a día con Dios. Él es la Vida, y a la vez, el alimento que la mantiene. “Yo soy el pan de la vida” asegura Jesús.
Un ángel se encargará de despertar al profeta, y de que nuevamente aprenda a mirar:
“De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» MIRÓ Elías, Y VIÓ a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua.
Pero ser tocados para Mirar y Ver no es suficiente, será necesario ser tocados una y otra vez, volver a oír y comer nuevamente para así poder levantarse y ponerse en camino: “… el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.»
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
En el Evangelio, después de haber visto las señales que Jesús hacía, la gente no veía en Jesús más que a un hombre: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (San Juan 6,41-51)
Esa es la causa del problema, cuando como hombres dejamos de mirar hacia arriba, hacia Dios, y solo nos vemos unos a otros, alimentando nuestros pensamientos, deseos y pasiones con nuestras limitaciones. Ahí radican “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad.” Mientras el profeta tenía puesta su mirada y su corazón en Dios, Dios cambiaba sus circunstancias, Elías prevalecía, siendo librado de todas sus angustias y amarguras. En cambio, dejando de mirar a Dios y mirándose a sí mismo y a las fuerzas humanas, las sufría.
Con la afirmación: «Yo soy el pan bajado del cielo», Jesús toca e invita al hombre y a la mujer de todos los tiempos a mirar al Cielo, hacia arriba, a Dios, y a contemplar que ese único Dios ha descendido hasta nosotros, no solo para ser nuestra Vida, sino también el alimento y la fuerza para un nuevo y glorioso caminar.
Una y otra vez en la Biblia encontramos esta frase: “Alza tus ojos.” Es una forma de decir: “Mira a lo alto, deja de mirarte y ver nada que no sea desde esa perspectiva.” Esto es lo que le dijo Dios a Abraham, a Moisés, y lo que Jesús dijo y dice a quienes le siguen: Yo soy el Camino, el Pan que a diario te dará fuerzas para caminar. Yo soy el Agua de vida, la Palabra que has de escuchar y beber, la que por el Espíritu te hará subir mirando siempre hacia arriba.
“Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. …” es lo que también viene a decir el salmista:
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. (Salmo 33)
Contemplar otras cosas es entristecer a Dios y entristecernos. Es perder la fe y la esperanza, caer presos de las angustias más amargas.
Hay una antigua anécdota que dice: “Dos hombres miraron hacia afuera desde las rejas de la prisión. Uno vio barro, el otro vio estrellas.” En otras palabras, donde un preso miró hacia abajo con desesperanza, el otro miró hacia el cielo con esperanza.
Te deseo la mejor de las miradas: ¡“Mirar y ver siempre a Jesús en la cabecera de tu vida”! Seguro que nos encontramos en el Camino.
Joan Palero

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