domingo, 8 de agosto de 2021

“Yo soy el pan que ha bajado del Cielo” LECTIO DIVINA DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

 



VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 6, 41-51

El pasaje con el que hoy vamos a orar corresponde al capítulo seis del evangelio de Juan. Dicho fragmento gira entorno al discurso del Pan de Vida.

Los capítulos cinco y seis desarrollan el segundo viaje de Jesús a Jerusalén y su ministerio en Galilea.

La gota que colma el vaso para que los judíos se enfrenten a Jesús es precisamente, su autoafirmación como Pan de Vida bajado del cielo. Por eso, los judíos critican a Jesús.

Los judíos están en una clave muy distinta de la de Jesús. Ellos han percibido únicamente su parte humana. Para los judío es imposible que un hombre pueda tener la condición divina. Para ellos, el misterio de la encarnación es una imposibilidad. No es posible que Dios se encarne.

Pero es más, ellos le conocen muy bien, conocen a su padre, conocen a su familia, saben de su procedencia… Está usurpando el puesto de Dios, se está poniendo en su lugar. Es imposible que Dios se acerque de esa manera al hombre. Jesús está atentando contra el primer y segundo mandamientos de la ley de Dios.

Ante tal cerrazón es inútil discutir acerca del tema. Sobre todo, porque de quien más alejados están los judíos es precisamente de ese Dios en el cual dicen que creen. No han descubierto a Dios como Padre, no se han dejado alcanzar por la bondad de Dios, no se han abierto al amor de Dios, encarnado en Jesús de Nazaret. Están encerrados en sus propias normas y leyes que lo único que provocan es esclavitud y obligaciones.

Con respecto al tema de la resurrección, hemos de decir que estaba admitida por la corriente farisea del judaísmo, como un premio por la observancia de la ley. Jesús, claramente, advertirá que lo que salva no es la observancia de la ley, la resurrección no es premio de un mayor o menor cumplimiento de las normas o la leyes. La resurrección es fruto de nuestra unión a la persona de Jesús, únicamente dejándonos transformar por el Espíritu Santo y acogiendo la vida y la enseñanza de Jesús alcanzaremos la resurrección. Una resurrección que será comunicada por Jesús en el “último día”, en el día de la entrega libre de su vida.

Jesús universaliza la salvación: “todos serán discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende acerca de Jesús alcanzará la resurrección. Y no porque nadie haya visto al Padre. A Dios es imposible que lo veamos, pero no es imposible experimentar su amor. El amor de Dios lo experimentamos en el amor que entregamos a otras personas y que acogemos de ellas, especialmente de los más pobres y necesitados de nuestra sociedad. Aquel que sea capaz de dar y recibir amor, aquel que sea sensible a las necesidades de los demás y se deje ayudar por los demás, aquel que entregue su vida por los demás será “merecedor” de la resurrección. Al Padre sólo podemos acceder por medio de Jesús y de nuestra transformación, en la medida de lo posible, en otros cristos.

Quien crea en Jesús, quien viva la vida de Jesús, quien asuma y ponga en práctica las actitudes vitales de Jesús ese posee la vida eterna.

El pan de vida es Jesús, nuestro alimento es Jesús, nuestra savia vital es Jesús. Ningún otro maná será capaz de saciarnos.

Al igual que el maná no llevó al Pueblo a la Tierra prometida, la Ley tampoco es capaz de nutrir y alimentar el apetito que la humanidad tenia de Dios. Es Jesús quien sacia nuestro hambre y nuestra sed de Dios. Comiendo el alimento verdadero que es Jesús tendremos vida eterna.

Imagen de Norbert Staudt en Pixabay


CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• Para nosotros en muchas ocasiones también es escandaloso y difícil creer que Jesús sea nuestro alimento en su presencia eucarística ¿cómo vives estos momentos?

• Jesús nos hizo el gran regalo de su presencia real en la eucaristía, ¿cómo acoges y vives este regalo?

• ¿Intentas poco a poco unirte a Jesús, acogiéndole e intentando vivir sus actitudes vitales?

• ¿Te dejas transformar por el Espíritu Santo en un verdadero discípulo de Jesús?

• Para ser verdadero discípulo de Jesús y para conocerlo es imprescindible que tengamos momentos de encuentro con Él ¿dedicas algo de tu tiempo para estar con Jesús, sobre todo visitándolo en el sagrario?

• ¿Cómo vives la experiencia del amor de Dios manifestado en tu entrega a los hermanos y en la acogida de ese amor, especialmente de los más pobres y necesitados de nuestra sociedad?

• ¿Qué significa para ti, concretamente en tu día, entregar la vida por los demás?

ORACIÓN – VIDA

• Adora a Dios Padre, por el gran Misterio de la Encarnación de su Hijo. Dale gracias por el amor que tiene a todos y cada uno de nosotros, de manera particular.

• Da gracias a Jesús por el gran don de la eucaristía, por ser presencia real entre nosotros.

• Ofrece tu amor a Jesús para que él transforme tu vida y puedas llegar a ser verdadero discípulo que entrega y da su vida por los hermanos, especialmente por los más pobres y necesitados.

• Pide al Espíritu Santo que te ayude a ser un discípulo fiel de Jesús y te transforme en “otro cristo”.

Comentario a las lecturas del Domingo XIX del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 

Domingo, 8 de agosto de 2021 – 19º Tiempo Ordinario (Ciclo 😎
Elías acaba de tener fuertes experiencias con Dios (1 Reyes 18). Por su oración, Yahvé ha hecho descender fuego del cielo, demostrando que Él es el único Dios. Ha puesto en manos del profeta a los 450 profetas de Baal, a los que ha exterminado. Después, por la fe de Elías, Dios ha hecho llover sin que el cielo mostrara más señal que “una nubecilla como la palma de la mano”.
Sin embargo, ahora, el profeta está asustado, tumbado y fuertemente deprimido ante las amenazas de muerte pronunciadas por una mujer, Jezabel, a tal punto que se desea la muerte: “… se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» (1 Reyes 19,4-8)
Qué fácil es desviar la mirada de Dios, el que es nuestro gozo y fortaleza, y acobardarse, dejar de ser el que has de ser, por escucharte a ti mismo.
¿Dónde quedó la manifestación del poder de Dios en la vida del profeta? Todo dependía de la mirada de Elías. “Hay que aprender a mirar”, decía recientemente el cardenal Omella, “Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. …”
La vida interior no depende de las experiencias religiosas vividas, sino del día a día con Dios. Él es la Vida, y a la vez, el alimento que la mantiene. “Yo soy el pan de la vida” asegura Jesús.
Un ángel se encargará de despertar al profeta, y de que nuevamente aprenda a mirar:
“De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» MIRÓ Elías, Y VIÓ a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua.
Pero ser tocados para Mirar y Ver no es suficiente, será necesario ser tocados una y otra vez, volver a oír y comer nuevamente para así poder levantarse y ponerse en camino: “… el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.»
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
En el Evangelio, después de haber visto las señales que Jesús hacía, la gente no veía en Jesús más que a un hombre: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» (San Juan 6,41-51)
Esa es la causa del problema, cuando como hombres dejamos de mirar hacia arriba, hacia Dios, y solo nos vemos unos a otros, alimentando nuestros pensamientos, deseos y pasiones con nuestras limitaciones. Ahí radican “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad.” Mientras el profeta tenía puesta su mirada y su corazón en Dios, Dios cambiaba sus circunstancias, Elías prevalecía, siendo librado de todas sus angustias y amarguras. En cambio, dejando de mirar a Dios y mirándose a sí mismo y a las fuerzas humanas, las sufría.
Con la afirmación: «Yo soy el pan bajado del cielo», Jesús toca e invita al hombre y a la mujer de todos los tiempos a mirar al Cielo, hacia arriba, a Dios, y a contemplar que ese único Dios ha descendido hasta nosotros, no solo para ser nuestra Vida, sino también el alimento y la fuerza para un nuevo y glorioso caminar.
Una y otra vez en la Biblia encontramos esta frase: “Alza tus ojos.” Es una forma de decir: “Mira a lo alto, deja de mirarte y ver nada que no sea desde esa perspectiva.” Esto es lo que le dijo Dios a Abraham, a Moisés, y lo que Jesús dijo y dice a quienes le siguen: Yo soy el Camino, el Pan que a diario te dará fuerzas para caminar. Yo soy el Agua de vida, la Palabra que has de escuchar y beber, la que por el Espíritu te hará subir mirando siempre hacia arriba.
“Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. …” es lo que también viene a decir el salmista:
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. (Salmo 33)
Contemplar otras cosas es entristecer a Dios y entristecernos. Es perder la fe y la esperanza, caer presos de las angustias más amargas.
Hay una antigua anécdota que dice: “Dos hombres miraron hacia afuera desde las rejas de la prisión. Uno vio barro, el otro vio estrellas.” En otras palabras, donde un preso miró hacia abajo con desesperanza, el otro miró hacia el cielo con esperanza.
Te deseo la mejor de las miradas: ¡“Mirar y ver siempre a Jesús en la cabecera de tu vida”! Seguro que nos encontramos en el Camino.
Joan Palero

miércoles, 4 de agosto de 2021

EL EVANGELIO Y LA EVANGELIZACIÓN

 EL EVANGELIO Y LA EVANGELIZACIÓN

Catequesis del Papa Francisco - 4/8/2021
Hoy miércoles el Papa ha retomado sus audiencias generales, y por tanto sus catequesis a toda la Iglesia, que se suspendieron durante el mes de julio.
El Papa antes de la mencionada suspensión había empezado una nueva serie dedicada a la Carta de San Pablo a los Gálatas. Hoy ha continuado la serie.
Empieza el Papa señalando que San Pablo es un apasionado del Evangelio de Cristo, tanto que llega a expresarlo con sentencias tan firmes como:
«Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio» (1 Cor 1, 17)
«¡Ay de mí sino predicara el Evangelio» (1 Cor 9, 16)
Dice el Papa en su catequesis: "Se comprende por tanto la tristeza, la desilusión e incluso la amarga ironía del apóstol con los Gálatas, que a sus ojos están tomando un camino equivocado, que los llevará a un punto sin retorno: se han equivocado de camino".
Qué fácil puede resultar dejarse llevar por otras corrientes, por ideologías, o también pretender coger atajos que nada tienen que ver con el camino cristiano, con el Evangelio de Cristo.
En esto se puede incurrir desde diferentes posturas. Es más, esas posturas suelen ser exacerbadas para achacar a las otras su alejamiento de la verdad del Evangelio, pero en ningún modo reconocen su propio distanciamiento.
Hoy algunos pretenden hacer compatible el Evangelio con las rigideces, con la falta de misericordia, la indiferencia hacia el hermano necesitado y el capitalismo salvaje.
También los hay que cuestionan que nuestra fe pueda tener consecuencias morales. De entre estos, algunos quisieran que se profundizase en las cuestiones morales sociales pero se renunciara a examinar las morales personales. Y, por supuesto, los hay que justo lo contrario.
Pero como remarca el Papa "el Evangelio es solo uno". El de Jesucristo del que es depositaria y transmisora la Iglesia. Y el Papa insiste como hace San Pablo:
"Sobre este punto el apóstol no deja espacio a la negociación: no se puede negociar. Con la verdad del Evangelio no se puede negociar. O tú recibes el Evangelio como es, como ha sido anunciado, o recibes otra cosa. Pero no se puede negociar, con el Evangelio. No se puede llegar a acuerdos: la fe en Jesús no es una mercancía a negociar: es salvación, es encuentro, es redención. No se vende a bajo costo".
Y también ante estas "rebajas" desde diferentes posturas se achaca lo ya mencionado. Para unos rebajar el Evangelio tiene que ver con haber olvidado ciertas exigencias disciplinarias del pasado. Y para otros lo es el apartarse del estilo de Jesús, más cercano y comprensivo.
Llegado a este punto cabe recordar, y por algo será, que Jesús fue mucho más comprensivo con los pecadores (prostitutas, adúlteras) y con los paganos (samaritanos) que con los fariseos, los hombres de la religiosidad estricta. Por algo será...
Enlace con el texto completo de la catequesis:
Puede ser una imagen de 1 persona, de pie e interior

domingo, 1 de agosto de 2021

“¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?” Lectio Divina del XVII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

 VERDAD – LECTURA  



Evangelio: Jn 6,24-35

La liturgia de la Palabra del ciclo B suspende, momentáneamente, la lectura del evangelio de Marcos y nos ofrece algunos fragmentos del capítulo 6 del evangelio de Juan. Hoy, concretamente oramos con la continuación del episodio de la multiplicación de los panes y los peces.

Encontramos a Jesús en Cafarnaúm, después de que en la otra orilla haya realizado el signo de la multiplicación de los panes y los peces, como decíamos antes. Oramos con el comienzo del pasaje conocido como “el discurso del pan de vida” (Jn 6,26-59). Aunque más que un discurso es un diálogo entre la gente y Jesús. El tema central del mismo es el pan, a juzgar por las veces que se repite esta palabra en el texto (seis veces). Mediante este diálogo, Jesús quiere explicar el verdadero significado de la multiplicación de los panes a la luz del Éxodo, cuestionado por la gente que se acerca a él, pero visto desde la perspectiva del misterio de la Eucaristía.

La gente va a Cafarnaún a buscar a Jesús. Acaban de ver y experimentar uno de los signos realizados por el Maestro: la multiplicación de los panes. Buscan a Jesús, no por el signo en sí, sino porque les ha alimentado. El signo es una señal, una representación, de que el Reino de Dios está entre nosotros. Los contemporáneos de Jesús, en lugar de darse cuenta y apreciar el signo, lo que aprecian es que Jesús les ha dado de comer.

Y así, lo mismo que a sus contemporáneos, es posible que a nosotros nos surja la misma pregunta: “¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?”, ¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo en nuestra vida la obra de Dios? ¿Qué significado tiene el deseo de que se cumpla la voluntad de Dios? La respuesta la da el mismo Jesús: “Creer en el que Él ha enviado”, creer en Jesús. Pero, ¿qué significa eso de creer en Jesús? Creer en Jesús, no es únicamente una cuestión intelectual o mental; no es estar convencido de una creencia, de un hecho, de una opinión, de una idea o de una doctrina. Creer en Jesús significa adherirse al plan de Dios, significa incorporarse al proyecto vital de Jesús, significa intentar hacer visible el Reino de Dios en nuestra vida cotidiana, significa hacer realidad el mandamiento del amor: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

Porque creer en Jesús va más allá de lo meramente intelectual. Por eso, nos resulta tan difícil creer en él. Si sólo fuera aceptar una doctrina o una idea, podría llegar a ser fácil. Aun así, posiblemente nos surge la misma pregunta que a aquellos judíos que se encontraron con Jesús en Cafarnaúm: ¿por qué tenemos que creer en ti? ¿Por qué tenemos que fiarnos de ti? ¿Demuéstranos de alguna manera que podemos fiarnos de ti? ¿Qué haces tú para que creamos? Para ellos, la multiplicación de los panes ha sido simplemente un milagrito, un hecho extraordinario, sí; o si me apuráis un hecho incomprensible. Pero, otros también realizan ese tipo de actos. En la historia de Israel, el mismo Moisés realizo una obra similar; según ellos, alimentó al pueblo con el maná, con el llamado pan del cielo (Sab 16,20), es decir con el pan de Dios. Para que crean en Jesús, éste ha de realizar un hecho todavía más grandioso que el de Moisés.

Sin embargo, en realidad, no fue Moisés quien alimentó al pueblo de Israel. Fue Dios quien alimentó en aquel entonces al Pueblo de Israel, no fue Moisés quien elaboró el maná, fue Yahveh quien lo hizo realidad. El verdadero alimento nos lo da Dios. Aunque aquel alimento, el maná, no era capaz de proporcionar la vida eterna. El único capaz de regalarnos, proporcionarnos, facilitarnos la vida eterna es Jesús. El único que ha vencido al pecado y a la muerte con su pasión, muerte y resurrección es Jesucristo. El único que nos da vida es Jesús. Y una vida que dura y perdura para siempre.

La muchedumbre quiere de ese pan, y así se lo pide a Jesús: “Danos siempre de ese pan”. Nosotros también queremos alimentarnos de ese pan. Ese pan que da sentido a nuestra existencia. Ese pan que nos fortalece en nuestras dificultades. Ese pan que nos levanta cuando hemos caído. Ese pan que da la vida eterna. El pan de la Palabra y de la Eucaristía que es Jesús mismo. “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?
  • ¿Qué significa para ti creer en Jesús? ¿Cambia en algo tu modo de percibir y vivir la fe después de leer y meditar este pasaje? ¿Qué lugar ocupa en tu vida cotidiana tu fe en Jesús?
  • ¿Qué buscas en tu vida diaria, el milagro fácil, los hechos portentosos y extraordinarios o el signo de que el Reino de Dios está presente en medio de los acontecimientos cotidianos?
  • ¿Es la lectura de la Palabra de Dios y la celebración de la Eucaristía tu pan cotidiano?
  • Hazte a ti mismo la misma pregunta que le hacen sus contemporáneos a Jesús: ¿Qué has que hacer para realizar la obra de Dios? ¿Qué has de cambiar en tu vida o qué tienes que fortalecer para actuar como Dios quiere?
  • ¿Qué has de hacer para que le pan de la Palabra y de la Eucaristía llegue a otros?

ORACIÓN – VIDA

  • Hoy te invito a recordar (pasar por el corazón) tu experiencia de cómo Jesús, Pan de Vida, sacia tu hambre y tu sed de eternidad, de infinitud, de Dios.
  • Alaba a Dios desde esa experiencia que te regala, en tantos y tantos momentos de tu vida cotidiana.
  • Da gracias a Jesús por ser el alimento que te da la vida eterna.
  • Pide al Espíritu Santo que te fortalezca para ser signo del Reino de Dios entre las personas que te rodean y te ayude a acercar el pan de la Palabra y de la Eucaristía a los demás.

“A LA TARDE COMERÉIS Y A LA MAÑANA OS SACIARÉIS” LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA – DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)

 



VERDAD – LECTURA

Éxodo 16,2-4.12-15

En aquellos días,  2toda la comunidad de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto 3diciendo: “¡Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos! Vosotros, en cambio, nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre”. 4El Señor dijo a Moisés: “Mira, voy a hacer llover pan del cielo para vosotros. El pueblo saldrá todos los días a recoger la ración diaria, a fin de probarle si camina según mi ley o no. 12 “He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: a la tarde comeréis carne, y a la mañana os saciaréis de pan; así conoceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios”. 13Por la tarde salieron tantas codornices que cubrieron el campamento, y por la mañana había en torno a él una capa de rocío. 14Cuando se evaporó el rocío, apareció sobre la superficie del desierto una cosa menuda, granulada, fina, como escarcha sobre la tierra. 15Los israelitas, al verla, se dijeron unos a otros: “¿qué es esto?”, pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Éste es el pan que os da el Señor para comer.

La verdad es, que nunca estamos contentos con casi nada, así le ocurre al pueblo de Israel en el desierto.

Éste ha sido liberado de la esclavitud de Egipto, gracias a la acción de Dios y se encaminado atravesando el desierto hacia su tierra. Aunque eso sí, se encuentran con las dificultades propias del lugar desértico: el calor, la falta de agua, la falta de alimentos y los peligros, ya sean de animales o de otros pueblo. Ellos, en lugar de tener una actitud proactiva, audaz, dinámica…, lo que hacen es ponerse a murmurar contra Moisés y Aarón.

Aunque, tal y como constata Moisés, a decir verdad, las murmuraciones no son contra ellos, sino contra Yahveh. El quid de la cuestión no está en la falta de alimento, de agua o en el excesivo calor, al contrario, se encuentra en la falta de confianza en Dios: ¿Dónde está Dios en este momento? Una constante que se manifiesta con frecuencia durante toda la travesía del desierto. Pues bien, Dios se encuentra en medio de su Pueblo, esa es la realidad y eso es lo que nos va a confirma la narración de hoy. Dios actúa en favor de su pueblo: le provee de la carne de las codornices por la tarde y de maná por la mañana. Esto último, no sabían exactamente que era. El maná era una especie de grano, que cae de la corteza de las ramas de una especie de cilantro, el cual tras ser molido y horneado tenía un sabor similar a una torta de miel. Sin embargo, aquello en realidad era el pan que el Señor daba a su pueblo Israel.

Como decíamos con anterioridad, Dios está siempre pendiente de su pueblo e intentando ayudarle. Pero, para ello es necesario, primero sentirse necesitado, segundo dejarse ayudar y, por último, poner en marcha los recursos necesarios para aprovechar esa ayuda. En lugar de murmurar contra los demás, contra las circunstancias, incluso contra Dios, hay que aceptar las situaciones de dificultad, hemos de pedir ayuda a Dios, pero también hemos de utilizar los recursos que tengamos a nuestra disposición para hacer frente a esa situación. Esta creo que es la gran enseñanza que hoy nos trae esta narración del libro del Éxodo.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo afrontas las situaciones de dificultad en tu vida? ¿Te desesperas? ¿Murmuras contra la situación, contra los demás, contra Dios?
  • ¿Sientes la cercanía de Dios ante las dificultades cotidianas?
  • ¿Estás abierto a acoger la acción de Dios en tu vida?
  • ¿Te pones en acción ante las dificultades intentando salir adelante, o por el contrario te resignas manteniéndote inactivo?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 34

2Bendeciré al Señor a todas horas, su alabanza estará siempre en mi boca;

3mi alma se gloría en el Señor, que lo oigan los pobres y se alegren;

4alabad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos su nombre todos juntos.

5Busqué al Señor y él me contestó, y me libró de todos mis temores.

6Los que miran hacia él quedan radiantes y su rostro no se sonroja más.

7Un mísero gritó: el Señor lo escuchó y lo libró de todas sus angustias;

8el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los salva.

9Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en él

Comentario a las lecturas del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

 Comentario a las lecturas del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo b) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

Domingo, 1 de agosto de 2021 – 18º Tiempo Ordinario (Ciclo b)
Éxodo 16,2-4.12-15; Salmo 77; Efesios 4,17.20-24; San Juan 6,24-35.
A través de Moisés, Dios invitó a su pueblo a ser un pueblo libre y en salida. Dar el paso y salir de Egipto no significaba entrar de lleno en la tierra que Dios les había prometido, ante sus ojos solo aparecía un desierto que atravesar, lleno de pruebas y necesidades.
¡Cuántos desiertos hay que cruzar en la vida!
Atravesar un desierto también puede ser sufrir –una crisis nacional, eclesial, familiar, o personal– y también podemos pensar que se trata de algo que no debería suceder, y por lo tanto, que no debemos aceptar. Sin embargo, el peregrinaje de Israel, después de su liberación de Egipto, nos recuerda que los desiertos no son solo cuestiones del destino, temporadas de “mala suerte”, o artimañas del enemigo. Dios usa el desierto como lugar de encuentro y transformación del hombre para su propio bien.
Habiendo salido con esperanza, ahora Israel caminaba con hambre, fatiga, y frustración, sin ver ni una señal de aquella tierra prometida, de la que se les decía que fluía leche y miel.
¿Se había equivocado Dios? ¿Acaso su plan era sacarlos de Egipto para luego matarlos en el desierto? ¡No! El desierto no fue un accidente, ni un descuido de Dios para con Israel. En el desierto, con la ausencia de recursos, se descubriría y saldría a la luz lo que en realidad había en el corazón de Israel, y cuál era su nivel de compromiso con Dios.
“Dios, sacando a su pueblo de Egipto, había realizado la primera parte de su plan; ahora necesitaba sacar al Egipto que había dentro del corazón de su pueblo”.
La mayor necesidad que tiene el hombre en esta vida es la de una relación íntima con Dios. Y esto solo es posible a través del desierto: un proceso largo y doloroso que va en contra de nuestra cultura y naturaleza. El relato de la creación, en Génesis, nos enseña que la vida en el desierto no es el plan de Dios para la humanidad. Él creó a Adán y a Eva, y los puso en el JARDÍN del Edén, un lugar maravilloso que en nada se parecía a un lugar desértico de sequía. El pecado del hombre y de la mujer introdujo la muerte, y la muerte se extendió a todos, porque todos pecaron” (Ro. 5:12). Ahora Dios, como Padre amoroso, busca que en nuestros desiertos volvamos nuestros corazones hacia Él, la Vida. Y eso fue lo que hizo con Israel en aquella travesía: escudriñar su corazón y disciplinarlo, como un padre ama a su hijo. Así que Dios llevó a Israel al desierto de manera intencional por un tiempo. Todo era parte de su plan. “Él te humilló [en el desierto], y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que tú no conocías… para hacerte entender que el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor” (Dt. 8:3).
No importa si tu desierto se llama desempleo, silencio, enfermedad, o ..., lo que es seguro es que es un lugar de transformación. Al salir de allí, tú serás una mejor o peor persona. Quizá salgas de él siendo alguien más maduro en el Señor, y más sensible a su voz… o posiblemente alguien más amargado, cínico, y desesperanzado. ¡Pero jamás saldrás igual!
Así que la pregunta es: ¿cómo salir victoriosos de los desiertos, entendiendo la forma en que Dios puede usarlos? La respuesta está en la provisión de Dios para nosotros. Nuestro pan en el desierto.
Para Israel, la provisión de Dios fue el maná, una sustancia desconocida y extraña que aún muchos hoy quisieran entender. Se sugiere que el nombre que el pueblo le dio a este alimento viene de la expresión hebrea “man hu”, que quiere decir “¿qué es esto?” (Éx. 16:15).
Israel buscaba alimento físico, pero Dios quería una relación con ellos (Dt. 8:3). Por eso la provisión del maná era diaria, no semanal ni mensual. El Señor quería enseñarle a su pueblo —y a nosotros hoy— que más allá del alimento físico, la mayor necesidad que tiene el hombre en esta vida y en medio de los desiertos es una relación íntima con Él y en dependencia de Él.
El desierto es una buena oportunidad para profundizar en nuestra relación y comunión con Cristo.
En el desierto, donde toda fuente de seguridad y estabilidad desaparece, se hace evidente que necesitamos al Señor. Debemos conocer que Él es nuestro Dios. Por eso es importante recordar que muchísimos de los que salieron de Egipto murieron en el desierto, pero no debido al hambre ni por la dureza de la prueba, sino porque no creyeron en la Palabra de Dios (Nm. 32:13).
Ahora, cuando leemos el relato del Éxodo, particularmente en la provisión del maná, vemos que Moisés le declaró al pueblo: “Por la mañana verán la gloria del Señor…” (Éx. 16:7). ¡Al ver el maná, ellos verían la gloria de Dios! De manera que el maná apuntaba a Dios. Y como el mismo Jesús reveló más adelante, apuntaba a Él mismo:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca volverá a tener hambre; el que cree en mí no tendrá sed jamás. Pero ustedes no han creído en mí, a pesar de que me han visto”, Juan 6:35-36.
Cuando camines por el desierto y te sientas al borde del colapso o la muerte, serás tentado a demandar señales de Dios para comprobar si existe y si no te ha olvidado. Serás tentado a murmurar contra Él y olvidar las maravillas que ha hecho en el pasado (Jn. 6:30). Pero Dios nos llama a quitar de nuestras vidas la murmuración y el deseo de ver más señales milagrosas, para que podamos enfocar la mirada en la persona a quien apunta el maná: Jesús el Cristo.
Es posible que en tu mente sepas que Jesús es el Pan de Vida, pero en la vida cristiana saber las cosas correctas acerca de Dios no es suficiente. La vida cristiana se trata más bien de conocerlo de manera personal y real. El desierto es una buena oportunidad para profundizar en nuestra relación y comunión con Cristo, pues Él es la verdadera y más grande provisión de Dios para sus hijos en medio del desierto. Solamente mira a Jesús y confía en Él.
¿Dispuestos a atravesar el desierto, por el camino que marca Jesús y su Iglesia, sin murmuraciones y sin echar la vista atrás? Salgamos a Él.
Joan Palero
Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice "ES MEJOR UN DESIERTO Cerca de Dios QUE TODO UN PARAÍSO LEJOS DE ÉL"
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