miércoles, 20 de enero de 2021

Biblia en català


 

 
 
 
 
 
 
Compartimos una muy buena noticia que nos llega desde las páginas Web y Facebook del ABCat.
A las puertas de la celebración del «Domingo de la Palabra" y la "V Semana de la Biblia», con gozo comunicamos que ya está operativa la actualización de la página web de la BCI (Biblia catalana interconfesional) con un nuevo diseño que facilita la lectura del texto bíblico y agiliza la búsqueda. También contiene el vocabulario y, como novedad, incluye los mapas de la BCI.
 
Enlace a la página web de la BCI
 
Enlace a la noticia en la página web del ABCat
 

lunes, 18 de enero de 2021

Curso Lectores

 

El próximo lunes empieza (o se reemprende) el Curso de Lectores que organizamos EAB junto al Arxiprestat de Sant Josep Oriol de Barcelona y que se impartirá en la Parròquia de Sant Domènec de Barcelona. Estás invitado!!!
Dilluns vinent comença (o es reprèn) el Curs de Lectors que organitzem EAB amb l'Arxiprestat de Sant Josep Oriol de Barcelona i que s'impartirà a la Parròquia de Sant Domènec de Barcelona. Estàs convidat !!!

domingo, 17 de enero de 2021

Comentario a las lecturas del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)

Comentario a las lecturas del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B) de nuestro colaborador Joan Palero (Valencia)
Domingo, 17 de enero de 2021
Año de San José
2º Tiempo Ordinario (Ciclo B)
 
Me hace bien recordar, (en 1 Samuel, cap.1), quién es este Samuel del que nos habla la primera lectura: 1 Samuel 3,3b-10. 19. Su nombre significa: “Dios escucha.” Y es que, Samuel es la respuesta de Dios a la oración amarga de Ana, mujer de fe, muy querida de su marido, pero sin descendencia, en una cultura y mentalidad en que la descendencia lo era todo.
Ana, tras la escucha y la respuesta de Dios a su suplica, entenderá y responderá al Señor con total libertad y gratitud por haberle concedido lo imposible: ser madre. Así es, que, reconociendo en Samuel una nueva vida, fruto del favor de Dios, cuando lo destetó lo llevó ante la presencia de Yahvé, en Siló, reconociendo que esa nueva vida pertenecía a Dios. Y lo dejó allí para siempre. Su mayor deseo ya no era tener un hijo para así tenerlo todo, ahora, su todo era Dios, en Él lo había encontrado todo, ahora su único deseo era glorificarle.
En el Salmo 39, el salmista también es testigo de que Dios escucha su grito: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito;” y, no solo es que oye, si no que responde de una manera mejor a la esperada: “me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.” Un cantico nuevo, de gozo, en el corazón y en la boca, es decir, ya dispuesto para ser cantado. En adelante, el gozo de la salvación será respuesta y fuerza de Dios en su vida.
La 2ª lectura: 1 Corintios 6,13c-15a.17-20, también trata de esto, de oír y responder. Ante el grito amargo de la humanidad, a causa del pecado, Dios responde con amor y misericordia. Su respuesta es Jesús. La Palabra de Dios, encarnada en el seno de María, dará lugar a un nuevo Hombre, una nueva vida para la humanidad. Un hecho imposible a nuestros ojos y posibilidades, tan imposible, que ni la misma virgen María podía imaginar cómo podría realizarse y llegar a ser. La respuesta de María, su SÍ a la Palabra de Dios, hará que Dios lo haga posible. Y con Jesús, el Espíritu puso un cantico nuevo en su alma, un himno en su espíritu y en su boca: “Alaba mi alma al Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador …” Este es el cantico de todo aquel que, con fe y esperanza, respondiendo a Dios de verdad, llega a ver en Él realizadas todas sus esperanzas.
El Espíritu que, a través de la Palabra, operó en María, es el mismo que hoy espera nuestras respuestas. Si Jesús es Dios con nosotros, el Espíritu es Dios en nosotros. Él nos habita y anhela celosamente. Con ansia espera que nos inclinemos a escuchar al Señor y sepamos responderle. Él, no solo nos recuerda las palabras de Jesús, sino que, nos lleva a la verdad de que le pertenecemos:
Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!
Aquel niño, Samuel, antes de llegar a ser profeta, tuvo que aprender a reconocer la voz de Dios, y a no confundirla con la voz de los hombres.
“Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.”
Pero cuando los hombres son hombres de Dios, como el sacerdote Elí que cuidaba del niño Samuel, o como Juan el bautista y muchos otros, saben ser y dar la respuesta: Elí: «Anda, acuéstate (Samuel); y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha."» Y Juan el bautista a sus discípulos: «Éste es el Cordero de Dios.»
Samuel, y los discípulos de Juan (S Juan (1,35-42), dejando de mirar el dedo que señalaba, vieron al Señor, y escuchándole crecieron en su presencia, viendo cumplirse todas sus palabras.
Hoy me pregunto: ¿Qué oigo? ¿Qué veo? ¿A quién respondo? ¿Soy respuesta?
La mejor respuesta es, que, como Ana, como Juan, como María y los discípulos, Jesús sea mi todo, nuestro todo, buscando que Él sea el todo en todos. Esta es la respuesta de todos los que se encuentran con el Mesías.
Joan Palero


“AQUÍ ESTOY” LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA – DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)

 

VERDAD – LECTURA

1Samuel 3,3b-10.19

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: “Aquí estoy”. Corrió adonde estaba Elí y dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Respondió: “No te he llamado. Vuelve a acostarte”. Fue y se acostó. El Señor volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Respondió: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”. Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel: “Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’”. Samuel fue a acostarse en su sitio. El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: “Samuel, Samuel”. Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha”. Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejo que se frustrara ninguna de sus palabras.

La primera lectura de hoy nos narra la llamada a la vocación profética de Samuel. Nos encontramos en una época de cambio: el paso de la época de los jueces a la monarquía. Es aquí cuando nace la figura del sacerdote-profeta en la persona de Samuel. Él será quien unja a los reyes, pero también el mediador de la palabra de Dios.

Samuel era un jovencito que estaba al servicio de Elí sacerdote del templo del Señor en Silo.  Allí se encontraba el Arca de Dios. Samuel está durmiendo y es cuando escucha la voz de Yahveh.

El muchacho piensa que es Elí quien le llama y va a su encuentro. Éste piensa que está soñando y lo manda volver a acostarse. Por dos veces se repite la situación.

El autor del libro nos hace notar cómo Samuel no conocía a Dios, ni se le había manifestado su palabra.

Dios vuelve a llamarlo. Lo llama por su nombre. Lo mismo que nos llama a nosotros para darnos su amor y regalarnos la misión específica que cada uno de nosotros tenemos en el mundo.

Pero tengamos en cuenta una cosa, que a mi parecer está bastante clara en el relato; en la mayoría de las ocasiones necesitamos de las mediaciones para percibir la voz de Dios, necesitamos la ayuda de otra persona para poder se consciente de las señales que Dios va poniendo en nuestro camino. Es Elí quien ayuda a Samuel a discernir la voz de Dios y a darle una respuesta.

Respuesta que es inmediata y para ponerse al servicio de Yahveh. Una respuesta que a la vez es un compromiso: “Habla que tu siervo escucha”. Y escuchando la voz de Dios Samuel es capaz de llevar a cabo la misión que Él le encomienda.

Intentar estar siempre en la presencia de Dios nos ayudará a crecer y a ser coherentes con nuestra vida de creyentes, con nuestra vida de cristianos. Porque precisamente a eso nos llama Jesús a los cristianos, como podemos apreciar en el evangelio que hoy nos ofrece la liturgia: estar atentos a las señales que otros pueden hacernos percibir de Jesús: “Este es el Cordero de Dios”; ponernos en camino para encontrarnos con el Maestro y una vez que lo hemos encontrado quedarnos con Él para, después, dar testimonio de lo vivido junto a Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Eres consciente de que Dios te está llamando continuamente para hacerse presente en tu vida y encomendarte una misión?
  • ¿Percibes la voz de Dios en tu día a día?
  • Dios se sirve de mediaciones para comunicarse contigo, ¿cuáles son para ti hoy esas mediaciones?
  • ¿Qué respuesta estás dando a la llamada de Dios? ¿Te pones en camino? ¿Das testimonio de tu encuentro con Él?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 40

En el Señor he puesto toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi grito;

me sacó de la fosa mortal, del fango cenagoso; puso mis pies sobre la roca, aseguró mis pasos;

puso en mi boca un cantar nuevo, una alabanza para nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no pides holocaustos ni sacrificios por el pecado; en cambio, me has abierto el oído, por lo que entonces dije: “Aquí estoy, en el libro está escrito de mí: Dios mío, yo quiero hacer tu voluntad, tu ley está en el fondo de mi alma”.

Pregoné tu justicia a la gran asamblea, no he cerrado mis labios; tú lo sabes, Señor.

 

Lectio del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B) de nuestro colaborador Hno. Pepe Pedregosa (Madrid)


 

Verdad – Lectura

En cualquier período de la historia, en ambientes diversos, hombres de todas las razas y nacionalidades se han planteado a sí mismos las siguientes preguntas: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Son las preguntas que, de alguna forma, dan sentido a nuestra vida. Una vida que está en continua búsqueda. La búsqueda de la felicidad, de la trascendencia, de lo infinito, la búsqueda, en definitiva de Dios. Ya lo decía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti».

En un contexto muy parecido a éste, tiene lugar, la experiencia de encuentro con el Maestro de los primeros discípulos y que tan bellamente nos narra Juan en estos poco versículos. Así es; un día cualquiera de la vida de aquellos primeros discípulos, al día siguiente; ese día, alguien, Juan el Bautista, les indica dónde pueden colmar ese anhelo de felicidad que toda persona humana lleva dentro. Jesús pasa junto a ellos, lo mismo que pasa junto a ti y junto a mí. Lo ven y Juan les dice: «Este es el Cordero de Dios». Ahí va quien puede colmaros de felicidad. Y aquellos discípulos le siguen.

Ha sido el testimonio de Juan, el que ha impulsado a los dos discípulos a seguir a aquel desconocido. Es interesante detenernos por un instante en esta expresión: le siguieron. Es mucho más que caminar junto a alguien o pasear. Seguir quiere decir que uno se involucra con la persona seguida, de alguna manera comparte sus mismos sueños, objetivos, metas; es el otro quien marca la dirección y el ritmo durante el camino; de alguna manera, nos abandonamos a esa persona y vamos tras ella. Así es, Juan y Andrés van detrás de Jesús porque quieren vivir la vida a tope. Ahora bien, aquellos dos discípulos estaban abiertos, atentos, en búsqueda… por eso son capaces de acoger la invitación de Juan para seguir a Jesús.

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Al darse cuenta Jesús de que le siguen, se vuelve y les interroga: «¿Qué buscáis?» Es la síntesis de los interrogantes anteriores que nos hacíamos al principio de esta página. ¿Qué buscas? Una pregunta que nos podemos hacer cada uno de nosotros personalmente y que podemos hacer a cualquiera de nuestro alrededor, y nos daremos cuenta de que todos buscamos lo mismo, aunque le llamemos de distinta manera: la felicidad.

Han percibido que aquel Hombre: Jesús, puede colmar su sed de felicidad que quieren permanecer con él: ¿Dónde vives? Queremos permanecer contigo, queremos vivir contigo, queremos estar junto a ti, queremos vivir tu modo de vivir.

Jesús accede inmediatamente a su petición, pero no les da una dirección concreta. No; les invita a experimentar su vida: «Venid y lo veréis». Jesús no es información, no es lectura acerca de su vida y milagros, no es lo que han dicho o me dicen de él, Jesús es experiencia de vida y si quiero conocerlo, lo más acertado es experimentar su propia vida. No importa la información que tenga, lo que haya oído, lo que me hayan dicho; lo importante es experimentar con Jesús. «Solo te conocía de oídas; pero ahora, en cambio, te han visto mis ojos» (Job 42,5).

«Y se quedaron con él aquel día». Comienzan a hacer comunidad. Jesús, seguramente va dialogando con ellos, les va aclarando cosas, les va dando respuestas, les va contando sus deseos, sus ilusiones, sus sentimientos… ellos le escuchan, le interrogan, le hablan de sus anhelos, sus esperanzas, sus inquietudes, sus sueños… Van compartiendo vida entre ellos. Y aquí es donde está el verdadero «quid» de la cuestión. Compartir la vida, comunicar la vida, experimentar al vida… en definitiva, hacer comunidad.

Un encuentro de tal calibre, una experiencia como la vivida por los dos discípulos, no puede guardarse para uno mismo. Ha de comunicarse, ha de compartirse, no se la puede uno guardar para sí mismo. Por eso, Andrés, siente la necesidad de contarle a su hermano Simón lo que había acontecido aquel día, tenía que contar lo que había experimentado, sentido, acogido y entregado junto a Jesús. Hemos de contar gozosos, llenos de dicha desbordante, con una alegría inusual, nuestra experiencia de Jesucristo, nuestro encuentro con el Maestro: «Hemos encontrado al Mesías». Fijaos bien, que el evangelista nos dice: «Hemos»; no dice, «he». Y esto, sencillamente, porque la experiencia de Jesús es siempre comunitaria, aunque uno la viva de manera personal, pero siempre media la comunidad.

 

 

Al principio, no somos conscientes de la importancia, ni de la trascendencia de este encuentro. Puede parecernos un encuentro más de los muchos que se producen en nuestra vida. Pero cuando nos damos cuenta del proceso de crecimiento que hemos experimentado en él, no podemos menos que manifestarlo, comunicarlo, testimoniarlo a los demás: «Hemos encontrado al Mesías». No hemos encontrado a una persona cualquiera, no hemos encontrado si quiera a una persona excepcional, no hemos encontrado al número uno en tal o cual materia… Nos hemos encontrado con el Mesías, nos hemos encontrado con el Dios Vivo, nos hemos encontrado con Dios hecho hombre. Y Él ha colmado nuestros anhelos de libertad, de felicidad, de amar.

Andrés da testimonio, narra, transmite su propia experiencia, pero lo hace con convicción, lo hace con atractivo, lo hace con ganas de contagiar. El Papa Pablo VI (hoy ya santo) decía que «hoy día, más que maestros necesitamos testigos», personas que nos transmitan su experiencia de encuentro con Jesús. Eso es lo que debemos hacer nosotros, debemos seguir el mismo itinerario que siguieron estos primeros discípulos: Estar atentos a los signos del paso de Dios por nuestra vida, ¿qué buscáis?, ¿dónde vives?, venid y lo veréis, fueron, vieron y lo contaron a otros.


viernes, 15 de enero de 2021

Porqué hay que rezar si Dios sabe lo que necesitamos


¿Por qué hay que rezar si Dios ya sabe lo que necesitamos?

Rezar y orar son términos utilizados para una misma cosa: son los verbos que se usan para significar que le decimos algo a Dios ... o más bien, que le “pedimos” algo a Dios. Si consideramos que orar y rezar significan solamente pedirle algo a Dios, realmente sería correcto pensar que no vale la pena decirle a Dios algo que ya El conoce y que nos lo va a dar si lo necesitamos.

En efecto, Dios -que todo lo sabe y todo lo puede- nos da a cada uno lo que cada uno necesita, sin necesidad de pedírselo. Pero resulta ser que “orar” y “rezar” es mucho -muchísimo más- que pedirle cosas a Dios. Lo que sucede es que hemos reducido la oración a la acción de pedir y pedir. Y nuestra oración parece más bien un pliego de peticiones y una lista de mercado, que una verdadera conversación o diálogo con Dios.

Orar no es nada más que pedir: es también alabar a Dios, darle gracias a Dios, pedirle perdón a Dios, etc., etc. La oración, además, no es un monólogo o discurso, sino un diálogo o conversación.

¿Qué pensaríamos de una conversación entre personas, en la que una de ellas sólo pidiera y pidiera, sin hablar sobre más nada ... y ¡para colmo! sin dejar que la otra persona hablara? Inconcebible ¿verdad? Pero si pensamos bien... ¿no se parece nuestra oración a eso que consideramos inadmisible para conversar entre personas?

La pedidera al orar es la forma más inferior de oración que podamos hacer. Y Dios la acepta y la recibe. El escucha todo, todo lo que le digamos.

Pero mucho le gusta al Señor que le hablemos de otras cosas: de lo mucho que lo amamos, de las gracias que queremos darle por tantas cosas que sabemos nos vienen de El; también le gusta mucho oír nuestra solicitud de perdón cuando le hemos ofendido, así como nuestra alabanza cuando queremos decirle cuán bueno es y cuán grande su poder. Le gusta mucho al Señor que lo reconozcamos como nuestro Padre; de allí que la oración que le dice a Dios que confiamos en El, que nos ponemos en sus manos, que nos entregamos a su Voluntad, sea de gran agrado para El. A Dios también le gusta que nuestra oración no sea egoísta y egocéntrica: sólo sobre nosotros mismos, sino que le hablemos de los demás, de sus necesidades, de las necesidades del mundo.

Pero Dios prefiere que no le pidamos y también prefiere que no le hablemos demasiado... sino que también lo escuchemos a El. En efecto, he aquí lo que nos dice Jesús: “Al orar no multipliquen las palabras, pensando que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo, porque, antes que pidan, el Padre sabe lo que necesitan” (Mt. 6, 7-8).

Entonces, sí hay que rezar, sí hay que orar. Pero no sólo para pedir y pedir, sino para tener una verdadera conversación con el Señor, en la que le hablamos, pero en la que también lo dejamos a El hablar. Y el Señor habla. El habla en el silencio, aunque no lo escuchemos con nuestros oídos, sino con el corazón.

Por eso se oye hablar de la oración de silencio o de recogimiento u oración de contemplación, en que más bien escuchamos a Dios, sin hablar nosotros. Como María, la hermana de Lázaro, que se sentaba a los pies de Jesús para oírlo hablar. Como la Santísima Virgen que “guardaba las cosas en su corazón” (Lc. 2, 51).

También podemos orar meditando, como, por ejemplo cuando leemos un trozo de la Biblia y pensamos en lo que el Señor nos quiere decir con su Palabra.

También podemos orar con oraciones que conocemos de memoria, como el Padre Nuestro que Jesús nos enseñó y el Ave María que contiene palabras de la Sagrada Escritura de alabanza a la Virgen. Podemos orar con el Rosario, oración privilegiada de la Iglesia que la Virgen nos pide para poder estar protegidos dentro de su Inmaculado Corazón. El Rosario es oración indispensable siempre, pero más que nunca en momentos de confusión y dificultades como las que estamos viviendo hoy.

Hay algunos que tienen la gracia de poder orar en lenguas, que es aquella oración en que no sabiendo nosotros orar como conviene, "el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rom.8,26). Es el Espíritu Santo orando en nosotros sin saber nosotros qué decimos.

Según Santa Teresa de Jesús, existen tres tipos de oración: la Oración de Contemplación, la Oración de Meditación y la Oración Vocal. Y en la oración vocal, podemos tener varios temas de conversación con Dios: petición, intercesión, arrepentimiento, reparación, acción de gracias, adoración y alabanza, entrega y abandono, oración en lenguas.

Hay, entonces, muchas formas de orar para tener reducida nuestra oración a una simple lista de peticiones. Si sólo fuéramos a orar para pedir, realmente no haría falta orar. Pero la oración es mucho más que pedir y sí hace falta orar ... y orar mucho. Dios así lo desea.






jueves, 14 de enero de 2021

Cambios en el Diaconado y Acolitado

 

SOBRE LOS MINISTERIOS INSTITUIDOS DE LECTORADO Y ACOLITADO
 
El Papa Francisco ha decretado por medio de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio "Spiritus Domini" una modificación del Código de Derecho Canónico (CDC) en cuanto a los Ministerios instituidos de Lectorado y Acolitado.
 
Hasta ahora, según el CDC solo podían acceder a esos ministerios los varones y, por tanto, estaba vedado a las mujeres. Sí, ya sabemos que había lectoras y monaguillas, pero eran a modo de servidoras "ocasionales".
 
La concepción que emanaba de las disposiciones hasta ahora vigentes era que estos ministerios eran previos y "de camino" a los ministerios ordenados.
Pero estos ministerios se denominan "laicales" y, por tanto, no parece que se desprendan del Sacramento del Orden. Ahí es donde el Papa ha puesto precisamente el acento.
Si son ministerios laicales que reciben personas no ordenadas diáconos (vayan o no camino del presbiterado) pues no pueden tener su origen en el Sacramento del Orden sino que deben surgir del Sacramento del Bautismo.
 
Y, por tanto, si tienen su origen y motor en la vocación bautismal, esta no es solo exclusivamente masculina, ni tan siquiera preferencialmente masculina, sino que la vocación bautismal de la misma manera que es origen de la llamada al discipulado, o a la santidad, igual de hombres que de mujeres, otro tanto también podemos decir de los servicios que de ella emanan.
Ya sabemos que los habrá que, como siempre, pongan el grito en el cielo. Son los que solo quieren que el Papa ate y desate si coincide con ellos, son los que han hecho de un momento temporal de la Iglesia un modelo inamovible, cuando precisamente ese momento y modelo también supuso una reforma respecto a anteriores en la historia.
Os compartimos a continuación el enlace a este documento papal para poderlo leer directamente y no conformarse (y a veces deformarse) con lo que los medios dicen, estirando hacia sus intereses de crear fuegos artificiales, o lo que ciertas webs escriben desde un inmovilismo cercano a las pirámides y sus momias.